Vida con sentido

Y tú ¿A qué le temes?

Había un rey que decidió ir a visitar a su hermano príncipe en tierras lejanas. Cortesanos y cortesanas formaban parte de la tripulación que viajaba junto con el monarca. De entre ellos, iba un joven que jamás había viajado en el mar, pues la mayor parte de su vida la pasaba encerrado en el castillo.

Una vez que la nave se iba alejando del muelle, el joven cortesano comenzó a sentir angustia hasta experimentar un ataque de pánico. Pasaban los días y el joven no dejaba de llorar y de gritar como un chiquillo, no comía y mucho menos podía dormir.

Todos en la tripulación intentaron tranquilizarlo sin éxito alguno. Pero por más que le explicaban que el barco era seguro y que todo iba a estar bien, más caía en ansiedad aquel joven. Por su parte, el resto de los pasajeros comenzaban  a expresar su descontento y preocupación con el rey.

El monarca ya no sabía qué hacer. Incluso, llegó a pensar en mandar a varios de sus hombres a que regresaran a aquel hombre al pueblo. Pero era una travesía riesgosa, pues llevaban ya varios días de viaje.

Hasta que un día, uno de sus más sabios consejeros se acercó al rey para ofrecerle su ayuda. El soberano de inmediato le autorizó hacerlo. Era tanta su desesperación que hasta le ofreció recompensarlo si lograba solucionar el problema.

Aquel hombre sabio pidió a varios hombres que arrojaran al joven cortesano al agua en pleno mar abierto. Un grupo de tripulantes cumplieron con su cometido. Una vez en el mar, el noble comenzó a echar de alaridos mientras intentaba mantenerse a flote. Pero, por su desesperación, se hundía una y otra vez y otras más, lograba flotar. Después de un rato, el sabio pidió que lo sacaran y lo subieran a la cubierta de la nave.

Esa noche ya no se volvieron a escuchar los llantos amargos de aquel joven, quien el resto del viaje la pasó en completo silencio. Muchos decían que pasaba las tardes admirando el color turquesa del mar que hacia complemento junto con el cielo azul. Todos en la tripulación podían disfrutar del resto del viaje.

Casi por llegar a tierra firme, el rey mandó llamar a su consejero para cuestionarle cómo es que había logrado tal hazaña. –Todo es gracias a la vida que llevo en mi matrimonio- le contó el sabio. Yo amaba tanto a mi mujer que vivía siempre atemorizado por la idea de algún día perderla, mis celos eran enfermizos. Hasta que un día ella no aguantó más y decidió abandonarme. La busqué y después de mucho tiempo, volvió bajo mi promesa de controlar mis celos y mis miedos.

Este joven, nunca había viajado por el mar. Ni mucho menos sabía lo que se sentía entrar en pánico y debatirse entre la vida y la muerte. Al final, luchó por mantenerse con vida. Después de eso, comprendió y valoró lo que es volver a sentirse a salvo y seguro. Afirmó el sabio. ¡Qué gran enseñanza nos has dejado!, dijo el rey.

Bien dice el dicho: “nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido” ¿Qué temes perder? Atrévete a romper tus miedos, aprovecha lo que la vida te ha dado y confía siempre en Dios. 

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