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¡Una telaraña le salvó la vida a este hombre!

Hoy quiero contarte la historia de un hombre al que le sucedió un milagro que no se esperaba. Quien huía en el bosque tras ser perseguido por un grupo de asesinos que querían matarlo por un ajuste de cuentas. Tras varias horas tratando de huir, agotado, encontró una roca que albergaba varias cuevas y decidió esconderse en una de ellas.

Los verdugos que le perseguían, entraron a las cuevas y comenzaron a buscarlo, comenzando por aquellas que estaban antes de la que él se encontraba. Aquel hombre estaba asustado y desesperado por no saber ya qué hacer. ¡Van a encontrarme! Pensaba resignado.

En la oscuridad de aquella cueva, no tenía más opción que esperar a ser encontrado. Pero aún guardaba en su corazón su fe, y con mucha insistencia le pedía a Dios: “Señor, por favor ayúdame. Envía a dos de tus ángeles a que tapen la puerta y así no puedan encontrarme, me matarán, ayúdame”.

Pero pareciera que sus oraciones no eran escuchadas, pues cada vez se oía que aquellos hombres se acercaban más a la caverna en la que él estaba. En ese momento, logró observar cómo una pequeña araña apareció de repente resbalándose sobre su telaraña y poco a poco comenzó a tejer su telaraña en la entrada de aquella cueva. Desesperado, aquel hombre insistía con mayor fuerza en su oración a Dios:

¡Dios, te pedí ángeles, no una araña! Por favor, ayúdame, para ti nada es imposible, o ¿acaso me dejarás morir en manos de estos asesinos? Te pido que pongas un muro y tapes la entrada, estos hombres me van a matar.-Decía con enojo.

Al levantar la mirada, observó cómo aquella arañita seguía tejiendo delicadamente su telaraña en la entrada de la cueva. Nuestro personaje estaba más que resignado, él sólo pensaba en que aquellos hombres entrarían a matarlo. Pero la sorpresa fue que, cuando aquellos hombres se hallaron frente a la entrada de la gruta, la arañita la había tapado por completo.

¿Qué esperan? Entren aquí, decía uno de ellos. ¡No! ¿Qué no ves la gran telaraña que cubre la entrada? Aquí nadie ha entrado, sigamos buscando, exclamó otro. Y así, continuaron buscando en las cuevas que faltaban dejando de lado la de aquel hombre. Cuando logró salir de la cueva no dejaba de alabar a Dios pues había entendido que Él lo había salvado esa tarde de morir.

¿Cuántas veces hemos pedido a Dios cosas que según nuestro parecer son las que necesitamos? ¿Cuántas veces nos enojamos con el Señor porque no responde en el momento en el que queremos y como nosotros queremos? Dios, siempre nos responde en el momento menos esperado y de la forma en la que menos nos imaginamos, pero sí en el tiempo y de la forma en la que mejor nos ayuda.

Estamos acostumbrados a obtener todo al instante y sin el mayor de los esfuerzos. Pero el Señor nos enseña que, a través de las cosas más pequeñas e insignificantes, Él puede hacer milagros. Sólo nos pide una sola cosa: una fe sencilla y madura. Debemos aprender a dejar de lado nuestras falsas seguridades y atrevernos a confiar más en su providencia. Nadie mejor que Él sabe lo que más nos conviene, ¡Quéjate menos y confía más!

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