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Un sacrificio de alianza para todos los tiempos.

Eucaristía, milagro de amor.

Nuestro Cordero pascual es inmolado para sellar con su sangre preciosa la nueva y definitiva alianza, un pacto entre Dios y toda la humanidad, una muestra de la gran misericordia que el Creador tiene para con su creatura.

Esta Alianza tiene un antecedente en el Éxodo sede de la alianza de Israel y que con el sello sagrado de este evento se consagraría al mismo pueblo hebreo en la completa fidelidad para con Dios. Aunque ahora podamos valorar en menor grado esta gran intervención divina comparándola con la muerte en cruz, si podemos afirmar que este acontecimiento que inicio en la liberación de Egipto y que se consolido en el monte en aquel encuentro entre Yahvé y Moisés marca por completo al pueblo de Israel y lo prefigura para formar parte del heredero principal de la salvación que traerá Cristo.

Tomó el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió; “Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvé”. Entonces Moisés tomó la sangre, roció con ella al pueblo y dijo; “Ésta es la sangre de la Alianza que Yahvé ha hecho con vosotros de acuerdo con todas estas palabras” (Ex 24, 6-8).

Esta antigua alianza que se sellaba por las palabras de Moisés y el compromiso del pueblo, tiene un elemento indispensable que nos unirá con la Alianza de la cruz, la aspersión de la sangre de los animales ofrecidos en holocausto, tenía un altísimo valor como ya lo hemos expuesto más arriba, por ser don de vida se prohibía su uso profano, su derrame por homicidio así como su empleo como alimento, entre otros casos.

De ahí que Moisés el mediador la use en este rito de consagración y sello de la Alianza del pueblo con su Dios. El rito de la sangre ordenado por Moisés expresa la solemne ratificación de la alianza. Moisés roció el altar con la mitad de la sangre, el altar aquí representa a Yahvé, y al pueblo lo rocía con la otra mitad.

La sangre de Cristo en la cruz será el símbolo definitivo de la Nueva Alianza que es sellada con esta sangre Asimismo, tomó el cáliz después de cenar y dijo: Ésta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en memoria mía” (1 Co 11, 25).

Esto es lo que el apóstol san Pablo nos transmite, la tradición que se tenía del suceso en la Cena, para él en este pasaje enfatiza en que el punto principal de la narración de la Cena del Señor está orientada hacia dos palabras clave: la Sangre y la Alianza. Y este binomio nos ayuda a comprender el sello definitivo de la Alianza del Sinaí, esta alianza que es ratificada con la sangre del verdadero Cordero pascual como citan los evangelios tiene la cualidad de lavar las culpas y de blanquear a todos los que se acerquen a ella.

En san Pablo que era un judío conocedor de la Ley y de los profetas, de cultura amplia y de pensamiento riguroso, tenía muy en claro el poder de este definitivo pacto que en Cristo se ofrecía, no como los que ya antiguamente se habían realizado, sino que esta Alianza era mayor que las demás y ya no se necesitaría ni un sacrificio más, pues Él ha sido inmolado.

Con este misterio que a nuestros ojos es impensable en poder comprender del todo, podemos ver como la acción de Dios siempre ha sido a lo largo de la historia de la salvación algo paradójica, en donde no entendemos la lógica de sus ofrecimientos.

Si esto nos hace pensar en las alianzas perecederas y resquebrajadas por nuestros padres, ahora pensar en el sacrificio de Cristo, el cual sin duda fue cruento pues la misma carta a los Hebreos nos dice que sin derramamiento de sangre no hay alianza ni reconciliación, entendamos que no fue cualquier sangre de algún primogénito inmaculado, sino que fue la sangre de nuestro Señor Jesucristo la que compro el precio de nuestra liberación.

Con esto podemos decir que el sacrifico de Cristo en la cruz que nos otorga una nueva y definitiva Alianza es sustancialmente idéntico al sacrificio eucarístico.

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