DIOSLa Charla Dominical

¿Somos manifestación de Dios para los demás?

Charla Dominical

Queridos hermanos, en este Domingo estamos celebrando el Bautismo del Señor, el cual se llevó a cabo en el río Jordán y lo recibió por medio de Juan el Bautista. En este día deberíamos recordar todas las gracias que hemos recibido en nuestro Bautismo y todas las implicaciones que conlleva.

Quisiera comenzar reflexionando en el Evangelio de Lc que hoy escuchamos, en donde vemos que Dios Padre nos revela que Jesús es su Hijo amado, el predilecto, el enviado para anunciar el amor de Dios a los hombres y salvarlos del pecado.

Además, dice el texto que “mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma”. Esto nos recuerda que, en nuestro Bautismo, el Espíritu Santo es el artífice principal, quien obra nuestra transformación, en donde dejamos de ser creaturas y nos convertimos en hijos de Dios.

Como dijo una vez el Papa Francisco: “El Espíritu Santo es quien quema y destruye el pecado original, restituyendo al bautizado la belleza de la gracia divina. Es Él quien nos libera del dominio de las tinieblas del pecado y nos traslada al reino de la luz, del amor, de la verdad y de la paz”.

El día de hoy quisiera que reflexionemos por qué Jesús se hizo bautizar en el Jordán. Recordemos que el bautismo de Juan era un bautismo de conversión, en donde se invitaba a un cambio radical de vida. Pudiéramos preguntarnos por qué Jesús se hace bautizar por Juan, si siendo Él el Mesías, es él quien viene a convertir y a salvar a los hombres. La respuesta es sencilla, se hace solidario con la humanidad entera, muriendo en la cruz y recibiendo el bautismo de conversión, aunque no lo necesite.

Conviene, pues, que hoy recordemos las gracias que recibimos en nuestro Bautismo y todos los compromisos que también adquirimos. El bautismo es el primer sacramento que se recibe y éste nos abre a la vida de la gracia. Por el bautismo se nos da el regalo de ser hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, miembros de la Iglesia y partícipes de los méritos infinitos.

¿Qué tanto doy testimonio con mi vida de todo esto que he recibido? ¿Verdaderamente me comporto y vivo como hijo de Dios? ¿Qué dicen mis actos?

Con la vivencia coherente de nuestra fe, con el testimonio vivo del amor de Dios en mi vida, yo debería también ser manifestación de Dios para los hombres. Por el bautismo pertenecemos a la familia de Dios, esforcémonos por vivir como tal.

Termino con unas palabras de San Juan Pablo II: “En el día de nuestro bautismo recibimos el mayor don que Dios puede otorgar al hombre y a la mujer. Ningún otro honor, ninguna otra distinción alcanzarán a igualar su valor. Porque fuimos liberados del pecado e incorporados a Cristo y a su cuerpo que es la Iglesia”.

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