DIOSLa Charla Dominical

¿Somos coherentes entre nuestra fe y nuestras acciones?

Queridos amigos, en este Domingo el Señor nos invita a no juzgar a nuestros hermanos, más bien, a que examinemos detalladamente nuestros corazones y tratemos de limpiarlo de todo cuanto lo mancha para que logramos ser auténticos discípulos de Cristo, llevando una vida de coherencia entre la fe y la vida que llevamos.

En el Evangelio de hoy escuchamos algunas imágenes que Jesús utiliza para hablarnos de esa coherencia que debemos llevar en nuestra vida. La primera imagen nos la ofrece a través de la parábola donde un ciego no puede guiar a otro ciego, ya que, si así fuera, ambos caerían al precipicio.

Lo anterior nos debe interpelar a todos, ya que en ocasiones somos muy buenos para encontrar y señalar los defectos y los errores de los demás, más aún, somos expertos en decir por donde caminar cuando nosotros no hemos recorrido ese camino. Es la tentación de sentirse perfectos, de pensar que ya estamos convertidos del todo, creer que no tenemos nada que cambiar, lo cual nos lleva a convertirnos en guías ciegos que no pueden dirigir a nadie por la soberbia y la autosuficiencia que los ciega.

La segunda imagen que utiliza Jesús es la de la paja en el ojo ajeno y no advertir la viga que llevamos en el propio. Con esto, Jesús nos exhorta claramente en que no nos convirtamos en jueces de nuestros hermanos. Solemos juzgar al otro severamente pero no tenemos un espíritu de auto crítica.

No podemos pretender arreglarle la vida a los demás, cuando la nuestra todavía está echa un caos, cuando todavía hay muchas cosas por arreglar. Pretender hacer esto es llevarnos a la hipocresía. Por eso Jesús dice claramente: “¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano”.

Decía Bernard Shaw lo siguiente: “Los mejores reformadores que conoce el mundo son aquellos que comienzan por reformarse a sí mismos”. Cuánta razón tenía. No podemos pretender cambiar al otro, queriendo seguir yo en mis mismas situaciones pecaminosas, no puedo exigir que el otro construya en santidad, cuando yo sigo con mis estructuras de pecado.

La última imagen que hoy Jesús nos propone es la del árbol que se conoce por sus frutos. Con esto Jesús nos deja claro que es a través de los frutos de la persona como podemos conocerla a fondo, es decir, la coherencia de vida es el criterio fundamental para saber qué tanto amor hay en el interior de las personas.

Se puede hablar muy bonito, que las gentes los vea, dárselas de muy piadosos y caritativos, pero a la hora del verdadero servicio, en el silencio y cuando nadie los ve, curiosamente se les acaba lo piadosos y lo caritativos.

Como vemos, Jesús nos dice que el problema no está en la vista o en la boca, o en cualquier cosa externa, sino que el problema radical está en el corazón, pues como dice hoy: “Lo que rebosa del corazón, habla la boca”. ¿Qué frutos estoy dando con mi vida entera? ¿Tengo el síndrome del zopilote estreñido que planea mucho pero no obra nada?

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