DIOSLa Charla DominicalReflexiones

Sal de la tierra y luz del mundo

El domingo pasado escuchábamos las bienaventuranzas como camino para la felicidad. Hoy se nos habla de las consecuencias que se siguen de vivir las bienaventuranzas: si somos pobres de espíritu, si somos mansos, si somos misericordiosos, si tenemos limpieza de corazón… entonces, podemos ser, como lo dice hoy el Evangelio, sal de la tierra y luz del mundo.

Todos los bautizados estamos llamados a que con nuestra vida seamos Evangelios vivientes, es decir, que con nuestro testimonio de vida coherente iluminemos al mundo; y con nuestra actitud alegre y de paz, demos sabor al mundo insípido por el pecado.

El Evangelio de Mateo, con tres sencillas comparaciones, nos invita a ser discípulos auténticos y a ejercer una acción transformadora en el mundo, ya que una vida coherente es lo único que puede hacer atractivo el seguimiento de Cristo.

La sal es un elemento empleado desde antiguo con dos finalidades: dar sabor a lo comida y evitar a corrupción de dichos alimentos. Un dato curioso es que para que pueda dar sabor, necesita disolverse por completo en el alimento, actúa desapercibida pero su acción es eficaz. Como sal de la tierra estamos llamados a:

  1. Conservar el mensaje de Jesús con toda su pureza.
  2. Conservar la fe en Jesús en un ambiente tan secularizado.
  3. Debemos sazonar la vida de la Iglesia y de la sociedad con nuestra actitud de auténticos creyentes… sazonamos con la esperanza y el optimismo.

En tiempos de Jesús, la sal valía muchísimo. Incluso, llegaban a pagar con la sal, de ahí viene el nombre de salario. Para que pueda sazonar y conservar los alimentos, debe de desaparecer; por ello, nosotros debemos meternos en la masa, en la Iglesia, en la sociedad y desde dentro debemos dar sabor a los diferentes ambientes… siendo seguidores e imitadores fieles de Jesucristo.

La luz en la Biblia siempre ha sido símbolo del bien, del amor, de la verdad, de la felicidad. La luz del cristiano es Cristo mismo. Debemos convertirnos en iluminadores de los demás. No se trata de regalar lámparas… sino de que nosotros mismos seamos luz, es decir, que con nuestras palabras, gestos y obras… iluminemos al mundo y lo guiemos por el camino del bien y de la verdad.

Hoy más que nunca debemos ser luz para tantos hermanos nuestros que están desorientados, en crisis, en la penumbra y confundidos.

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