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¿Quiénes son los obispos?

Dentro del Sacramento del Orden, existen tres grados: episcopado (obispo), presbiterado (sacerdote) y diaconado. Este sacramento otorga a quien lo recibe, un sello indeleble que lo aparta para el servicio a Dios. A través del Espíritu Santo, se le confiere el don y la autoridad para realizar, de forma válida y digna, las funciones de diácono, sacerdote y obispo.

Un sacerdote que ha sido elegido para cumplir con la función episcopal, recibirá la plenitud del sacramento, es decir, el grado más alto del Orden. Al ser ordenado obispo, se convierte en sucesor de los apóstoles y miembro del Colegio Episcopal. Su tarea principal será la de custodiar que la Tradición Apostólica, permanezca fiel y viva para todos los hombres hasta el fin del mundo.

La elección de un obispo corresponde únicamente al Papa, quien libremente puede designar a los sacerdotes que han de ser consagrados obispos. Ya sea de forma directa o mediante la confirmación de una legítima elección.

De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, cada obispo: “Es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares” (LG 23). Como tales ejercen “su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada” (LG 23), asistidos por los presbíteros y los diáconos. Pero, como miembros del colegio episcopal, cada uno de ellos participa de la solicitud por todas las Iglesias (cf. CD 3), que ejercen primeramente “dirigiendo bien su propia Iglesia, como porción de la Iglesia universal”, contribuyen eficazmente “al Bien de todo el Cuerpo místico que es también el Cuerpo de las Iglesias” (LG 23). Esta solicitud se extenderá particularmente a los pobres (cf. Ga 2, 10), a los perseguidos por la fe y a los misioneros que trabajan por toda la tierra (CEC 886).

Cada obispo colabora junto con el Papa en el gobierno de la Iglesia en su respectiva diócesis. Además de que recibe la potestad para ordenar sacerdotes, diáconos e, incluso, a otros obispos. Asimismo, está facultado para administrar el sacramento de la confirmación entre los fieles.

Cada diócesis en el mundo, deberá tener un obispo titular, a quien se le llama obispo ordinario, quien es el encargado de gobernar dicha porción del pueblo de Dios. Si es una diócesis o arquidiócesis muy grande, el ordinario del lugar puede hacer la petición al Santo Padre para que ordene otro obispo como auxiliar de su diócesis. Por otro lado, las arquidiócesis son las diócesis con mayor importancia de cada país y el obispo diocesano que la gobierna recibe el nombre de arzobispo. Sus funciones no son distintas que las de cualquier obispo diocesano. 

La vestidura habitual del obispo se compone de una sotana en color negro con un fajín y solideo en color violeta así como la cruz pectoral. 

Un obispo debe cumplir con tres funciones que le otorga el Sacramento del Orden: santificar, enseñar y gobernar. “La consagración episcopal confiere, junto con la función de santificar, también las funciones de enseñar y gobernar […] En efecto, por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y se queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre (in eius persona agant)” (LG 21). “El Espíritu Santo que han recibido ha hecho de los obispos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores” (CEC 1558).

 

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