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¿Qué dice Dios de los adivinos o videntes?

¿Podemos consultarlos?

Cada vez son más las personas que escucho decir que acuden al tarot, a los médiums o videntes, curanderos y astrólogos, con la justificación de encontrar una solución a sus problemas y conflictos en su vida, graves enfermedades o simplemente por mera curiosidad de “conocer su futuro”. Pero ¿Qué dice Dios sobre estas prácticas? ¿Está permitido que un católico las practique?

En la actualidad, la difusión de estas prácticas está en aumento. Para algunos, se han convertido en una salida “eficaz” a tantas situaciones que les aquejan.  La desesperación y la angustia, junto con la ausencia de una fe bien cimentada, orillan a muchos creyentes a acudir a estas prácticas, desconociendo sus graves consecuencias.

Y es que el hombre siempre ha tenido el deseo de conocer y controlar su futuro. Pero sabemos que somos seres limitados y no podemos saberlo todo; mucho menos, tendremos la certeza de saber lo que pasará en algunos años. Esperar o adivinar que suceda tal o cual cosa que alguien nos reveló, es una negación de la fe y un rechazo a poner la confianza en la providencia de Dios.

De tal modo que si creemos que alguien puede adivinar con seguridad lo que vendrá para nosotros en el futuro, damos por hecho que existe un destino del cual no podemos huir; como si todo ya estuviera escrito. Además, al afirmar lo anterior, estaríamos negando la libertad con la que Dios nos creó a cada uno. Pero muchos por miedo, curiosidad o superstición, buscan conocer a toda costa su futuro para así controlarlo todo.

Hay que mencionar que de la mayoría de las personas que imparten estas prácticas se ha demostrado que sus resultados son falsos, ya que sus técnicas son bien conocidas y utilizadas por la psicología para el único fin de engañar y estafar a las personas que acuden a ellos. Asimismo, los videntes y astrólogos, respecto de sus profecías y visiones futuras son simplemente asociaciones con acontecimientos cotidianos y comunes.

Por lo tanto, acudir a médiums, quiromantes, curanderos, chamanes, tarotistas o astrólogos, equivale a adorar a un Dios falso, a poner nuestra confianza en medios humanos incapaces de revelar lo que sólo Dios conoce. Ya desde el Antiguo Testamento el Señor lo prohibió con firmeza:  “No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o magia, ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahveh tu Dios y por causa de estas abominaciones desaloja Yahveh tu Dios a esas naciones delante de ti.” (Dt 18, 10-12).

En consecuencia, al cristiano le está prohibido realizar estas prácticas, no hay justificación para hacerlo, ya que es una práctica contraria a la fe cristiana, además de ser una puerta abierta al demonio. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “Todas las formas de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone “desvelan” el porvenir (cf Dt 18, 10; Jr 29, 8). La consulta de horóscopos, la astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los fenómenos de visión, el recurso a “mediums” encierran una voluntad de poder sobre el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el honor y el respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a Dios” (CEC 2116).

El mismo Jesús nos alienta a confiar en nuestro Padre del cielo, quien siempre es providente y cuida de cada uno de sus hijos. “No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? […]Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas. No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas” (Mt 6, 25.32-34).

Entreguémonos a Dios con plena confianza, que su Providencia no nos abandonará nunca.

 

 

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