Formación de mi feReflexionesVida con sentido

¿Por qué siento que Dios me ha abandonado?

En un pueblo costero vivía un hombre que, como la mayoría, se dedicaba al negocio de la pesca. Entre los pobladores, era conocido y admirado por ser un hombre de una gran fe en Dios. A diferencia de muchos, daba muestras de esta confianza absoluta al Señor al salir cada día a pescar aun cuando el clima no favorecía a ninguno.

Grande era la sorpresa de muchos, cuando después de una gran tormenta, regresaba sin un rasguño y cargado de pescados. Cada que le preguntaban cómo es que podía lograr semejante hazaña bajo la lluvia, decía: ¡No temo a nada, Dios siempre está conmigo y él me ayuda a regresar!  

Un día, la tormenta era más fuerte que todas las anteriores, y el pescador salió una vez más al mar. Las grandes olas y los fuertes vientos, provocaron que su bote naufragará en la profundidad del océano. Al instante, se dio cuenta cómo su lancha comenzaba a hundirse. Asustado, gritó: “Señor, sabes que siempre he confiado en ti, ayúdame a regresar a casa. ¿Dónde estás? Te necesito”. Pero su barca, se iba llenando de agua cada vez más.

A las horas, pasó junto a Él, un pequeño barco desde el cual, le fue lanzado un salvavidas y a gritos le decían: “Hombre, toma el salvavidas y te salvarás”. Pero este hombre que se aferraba a la mano de Dios, le contestó: “No hace falta hermano, Dios vendrá a salvarme”.

De inmediato, aquel barco se alejó tras la tormenta. En cambio, su bote se sumergía cada vez más en el agua. El hombre, desesperado, exclamó al cielo una vez más: Dios, ¿Qué no ves por lo que estoy pasando? ¡Ayúdame, no quiero morir aquí! ¿Por qué no me escuchas? ¿Dónde estás?“.

Más tarde, una gran luz lo alumbró en medio de la noche, era un barco de la guardia marina que llevaba horas buscándolo. Los oficiales le lanzaron una soga para que pudiera subir a la nave. Pero aferrado, contestó: “Les agradezco, pero no necesito de su ayuda, yo sé que Dios me salvará”.

Aquellos hombres le seguían insistiendo que subiera, pero obtenían la misma respuesta del pescador. Como los vientos eran aún más fuertes, decidieron alejarse y dejarlo en medio del mar. De su bote, que se estaba hundiendo, sólo quedaba el mástil y sujetado de éste, volvió a decirle a Dios: ¿Por qué no me escuchas? ¿Me vas a dejar morir aquí? ¿Dónde estás?”.

Finalmente, desde el cielo apareció una poderosa luz, era un helicóptero. Desde donde le gritaban: “Señor, tome esta soga y agárrese fuerte que lo vamos a rescatar”. Ya con pocas fuerzas, les respondió: “No, no quiero su ayuda, Dios vendrá a salvarme”. Aquel helicóptero, tras la fuerte lluvia que lo amenazaba, se retiró. Pasado el rato, el hombre fue alcanzado por el agua y murió ahogado.

Cuando estuvo en presencia de Dios, le reclamó: Señor, yo confiaba en ti, esperaba que llegaras a salvarme. ¿Por qué no llegaste? ¿Por qué me dejaste abandonado? Dios mirándolo con ternura le dijo: “Hijo mío, yo jamás te abandoné, siempre estuve contigo. ¿Recuerdas los dos barcos y el helicóptero que llegaron a ofrecerte su ayuda? Fui yo mismo quien los envió para salvarte. Tres veces te ofrecí ayuda, pero a ninguna respondiste. Yo respeté tu libertad y tu necedad. Por eso ahora estás aquí”.

El salmo dice: “Invócame en el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria” (Sal 50, 15). Dios nunca es sordo a la voz de los hijos que claman a Él. Siempre responde, de una u otra forma pero lo hace. ¿Cuántas veces nos hemos aferrado a que las cosas pasen como nosotros queremos? Dios hace todo diferente, pues sabe qué es lo que más nos conviene. Sí, siempre hay que confiar en Él, pero debemos abrir bien los ojos y los oídos del corazón, para poder descubrir la voz del Señor.

Show More
Close