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¿Por qué no dejamos de pecar?

Cuando hemos ofendido o lastimado a alguien que queremos, al ser conscientes del daño que ocasionamos, seguramente que no nos quedarán ganas de volverlo a hacer. Incluso, hasta buscamos la forma de reparar el daño y así demostrar cuánto es que nos pesó cometer tal acción. Así también, debería ser nuestra actitud cada que acudimos al sacramento de la confesión y, el sacerdote, al darnos la absolución, nos impone una penitencia.

De hecho, después de que nos hemos confesado, decimos el acto de contrición que dice así: “Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todo lo malo que he hecho y de lo bueno que he dejado de hacer; porque pecando te he ofendido a ti, que eres el sumo bien y digno de ser amado sobre todas las cosas. Propongo firmemente, con tu gracia, cumplir la penitencia, nunca más pecar y evitar las ocasiones de pecado.  Amén”.

Dentro de esa oración me llama la atención cuando decimos: Propongo firmemente, […] nunca más pecar y evitar las ocasiones de pecado”. ¿Es posible dejar de pecar? Y, si no, entonces ¿Por qué lo decimos?

En definitiva, por nuestra debilidad humana es imposible dejar de pecar. Sabemos que volveremos a hacerlo y todo por consecuencia del pecado original y por nuestra fragilidad. San Pablo era consciente de esto, cuando dijo: “Sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy hombre de carne y vendido al pecado. No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto” (Rm 7, 14-15).

Por más que lo queramos, no dejaremos de pecar, pues siempre volveremos a caer, aunque esto no deberá ser una excusa para no luchar ni esforzarnos por ser mejores. Por lo tanto, cuando expresamos en el acto de contrición “nunca más pecar”, no damos por hecho que así pasará, pues nadie puede tener esa certeza, ya que, como seres humanos, somos débiles y presa fácil del pecado.

Pero cuidado, no por ser propensos al pecado significa que debamos decir: “Para qué me esfuerzo en no pecar, si al fin y al cabo, seguiré cayendo más veces”. No caigamos en ese extremo, ya que esa actitud de indiferencia sólo nos aleja del verdadero arrepentimiento y del dolor por haber pecado; es como si nos anestesiaran y no sentimos nada por haber pecado. Y es muy triste saber que hay muchos católicos que piensan así y que no se acercan a la confesión.

Cuando hemos pecado, debería pasarnos como cuando hemos ofendido a un ser querido. A quien nos duele ver sufrir por nuestra ofensa, y por ello, nos esforzamos lo más posible para no volverlo a hacer. Así también, con el pecado debemos desear no volverlo a cometer, porque nos duele saber el daño que cometimos.

Hay que estar decididos a no volver a pecar, aún a sabiendas de que podemos cometerlo otra vez. Y para lograrlo debemos evitar las ocasiones que sabes que te pueden hacer caer en el pecado. Algunos de los medios concretos con los que contamos para alejarnos del pecado son: la oración sincera a Dios, fortalecer nuestra voluntad y, por último, como dice aquella frase: “evita la ocasión y evitarás el pecado”.

El Santo Cura de Ars decía: “Piensan que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometerán nuevamente los mismos pecados. Pero Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para darles su gracia hoy”.

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