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¿Para qué sirve la práctica de la confesión frecuente?

Desde niño acostumbro confesarme de forma frecuente, pero alguna vez escuché decir que estaba perdiendo el tiempo por acudir tan a menudo, ya que no servía de mucho confesarme frecuentemente si luego volvería a caer en los mismos pecados ¿Esto tiene sentido? ¿Qué tanto sirve seguir con esta práctica cristiana? Vamos a responder estas interrogantes.

Como católicos acudimos a la confesión porque reconocemos que hemos pecado y eso nos aparta de Dios. Gracias al arrepentimiento y el dolor de nuestros pecados es que frente al sacerdote manifestamos aquellas faltas graves de las que somos conscientes y pedimos el perdón de Dios.

Hay que tener en cuenta de que,  al sacramento de la reconciliación, no sólo debemos acudir cuando seamos conscientes de haber cometido pecados graves, sino también por aquellas faltas que representan pecados leves; pecados que, si bien no rompen nuestra amistad con Dios, sí la lesionan. Nos referimos a los llamados “pecados veniales”. Y esto no por ser estrictos ni exagerados con este sacramento, sino porque este tipo de pecados también representan una falta de amor a aquel que nos ha dado tanto. Por eso, la confesión frecuente resulta ser una buena práctica que nos santifica y nos ayuda a crecer en la vida espiritual.

De hecho, la Iglesia recomienda ampliamente la práctica de la confesión frecuente: “Sin ser estrictamente necesaria, la confesión de los pecados veniales, sin embargo, se recomienda vivamente por la Iglesia (cf Concilio de Trento: DS 1680; CIC 988, §2). En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso”.  

Por su parte, la Congregación para la Doctrina de la Fe, también invita a los fieles a practicar con periodicidad este sacramento: “Por lo que se refiere a la práctica de la confesión frecuente o de «devoción», los sacerdotes no disuadan de ella a los fieles. Antes al contrario, elogien los frutos abundantes que aporta a la vida cristiana (cf. Mystici Corporis: AAS 35 [1943] 235) y muéstrense siempre dispuestos a oír en confesión cuando lo pidan razonablemente los fieles. Se ha de evitar absolutamente el que la confesión individual quede limitada a los pecados graves solamente, lo cual privaría a los fieles del gran fruto de la confesión y perjudicaría la buena fama de los que se acercan individualmente al sacramento” (XII, Normas Pastorales sobre la Absolución General Sacramental).

Debemos practicar con asiduidad este sacramento, no únicamente porque sea necesario para que podamos participar de la comunión en Misa, sino que es un acto de amor puro que nos mantiene cerca de Dios. No hay que olvidar que las faltas, aunque sean pequeñas, también lastiman a quien las recibe.

Por lo tanto, así como con frecuencia nos lavamos las manos aun a sabiendas de que nos vamos a volver a ensuciar, así también aun a pesar de que podemos volver a cometer los mismos pecados, está claro que para evitarlos, hay que poner todo de nuestra parte para evitar caer de nuevo en la misma falta. Si estamos interesados en alcanzar la santidad, debemos de practicar con frecuencia del sacramento que nos purifica el alma y nos hace alcanzar esta vocación universal. Ya decía San Juan Pablo II: “No hay que olvidar que la así llamada confesión por devoción ha sido la escuela que ha formado a los grandes santos”.

Asimismo, el Papa Pío XII en su encíclica Mystici Corporis Christi menciona los beneficios de practicar la confesión frecuente: […] “Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del sacramento mismo” (39).

 

 

 

 

 

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