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¿Nosotros también resucitaremos?

Cristo resucitó y nosotros también gozaremos de su triunfo.

En estos días que preparan el final del año litúrgico y que también van dibujando el final del año civil, es muy común que en la liturgia comencemos a escuchar lecturas un tanto “apocalípticas”, que en ocasiones nos muestren el futuro de nuestra vida con el juicio o la gloria. Debemos siempre estar pendientes de poder alcanzar la gloria que la resurrección final nos traerá.

La resurrección de Cristo es la verdad de fe más completa, en la que se encierra el poder y la bondad de Dios para el género humano, que como canta el pregón que embellece la noche santa, “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros, qué incomparable ternura y caridad!; para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo”.

Esta manera de actuar de Dios para con los hombres ha sido también la prueba de su fidelidad que, desde los inicios de la creación, cuando el hombre por su desobediencia perdió el paraíso, él mismo suscitó una esperanza para todos “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje; él te pisará la cabeza, mientras tú acechas el calcañar” (Gn 3, 15).

Cristo ha sido la esperanza de todos los tiempos, con su venida lleno de alegría a la humanidad mostrándonos el camino para llegar al Padre, al Reino de los cielos; y con su muerte y resurrección pagó la deuda que tenía nuestra generación, dándonos gratuitamente lo que el pecado nos arrebató.

La alegría de la resurrección de la carne debe producir en nosotros un aumento de nuestra fe que manifiesta ante el mundo que ha olvidado a Dios, debemos decirles que Cristo está vivo y que él trae una esperanza para todos los hombres, pues no solo los cristianos podemos ser beneficiarios de su nueva vida, sino todos porque su poder va más allá de credos.

Ya en el siglo II san Justino predicaba la universalidad de la salvación mediante las semillas del Verbo, y el Concilio Vaticano II lo declaraba como línea de acción de la Iglesia para nuestros tiempos “Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo, que es “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas (2 Co 5, 18-19)”.

La resurrección de los hombres es un mérito de Cristo que debemos volver a recordar a los bautizados, pues el ambiente de nuestra sociedad en la mayoría de los casos ha dejado de tomarle importancia a esta realidad cristológica, que es a la vez una esperanza para todos los hombres al final de los tiempos.

El gozo de la vida eterna debemos irlo pregustando, pues si bien es una gracia que nos ha dado Dios por mediación del Hijo, es también una meta a la cual debemos dirigirnos todos los días de nuestra vida terrena.

La vida eterna no se improvisa, sino que se va construyendo y viviendo desde nuestro hoy, pues no es un futuro que caducará o pasará de moda, al contrario, es una realidad que escapa a la medida de nuestro tiempo pero que nos dará la perfección total, la alegría que no se acaba.

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