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Mi hijo está viviendo en amasiato, ¿Estoy en pecado?

En repetidas ocasiones en el tiempo de misiones, al compartir algún tema de formación o al salir de misa, se han acercado padres de familia para preguntar, si la situación irregular en la que viven sus hijos sea un divorcio, o alguna unión ilegítima fuera del matrimonio eclesiástico es motivo para que ellos dejen de participar de la comunión eucarística, incluso para que dejen de asistir a la Iglesia.

Se entiende la preocupación que, como formadores de conciencias, tienen al ver que sus hijos han tenido algunos tropiezos en su vida adulta y que desgraciadamente están en una situación de pecado de la cual difícilmente pueden salir.

Debemos dejar en claro que, según el Catecismo de la Iglesia Católica, el hombre está dotado de libertad y voluntad para elegir el camino que Dios le propone o para rechazarlo. “La libertad es en el hombre una fuerza de maduración en la verdad y la bondad” (Cf. CEC 1731). Por lo cual, la libertad, así como le otorga el poder para elegir, también le atrae la responsabilidad que sus actos le contraen como continúa diciendo el n.1734.

Teniendo esto en primer lugar descartemos la responsabilidad de los padres en los actos de los hijos cuando éstos han alcanzado la madurez que les permite discernir sobre su consciencia, ellos mismo son los responsables de sus actos.

Tengamos en cuenta que para que un acto sea moralmente malo e implique inmediatamente el calificativo moral de pecado debe tener tres cualidades según el n.1857 del mismo Catecismo: “Es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento”.

Por lo cual, en el adulterio o en el amasiato de sus hijos, ustedes no son responsables directos, pues no cumplen con ninguno de los “requisitos” anteriores que han sido mencionado por la doctrina vigente de la Iglesia; la cual, así como ustedes, quiere lo mejor para todos sus hijos y le aflige la situación irregular y difícil por la que atraviesan estas parejas y les recuerda el compromiso que adquirieron al llevarlos a bautizar, de formarlos en la fe y esto no termina hasta que ustedes dejen este mundo.

Claro está que no pueden mal formarlos, ni aconsejarles que es mejor que vivan en unión libre para que experimenten la vida matrimonial y eviten un futuro divorcio; esto si sería un pecado personal y no de sus hijos por su invitación al mal, por incumplir el deber de formar y por atentar contra la gracia que Dios da en el sacramento del matrimonio.

Termino recordando el mayor mandato que nos dio Jesucristo en Mt 22, 34-40 cuando es interrogado sobre cuál es el mayor de los mandamientos de la Ley, él respondió que era el AMOR, un amor excepcional a Dios y al prójimo. Amen a sus hijos y no les rechacen cuando más necesitan ser amados, porque sólo el amor es lo que puede cambiar a una persona.

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