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¿Los pecados contra el Espíritu Santo no se perdonan?

Varios han sido los mensajes de personas que nos escriben con preocupación por no entender con claridad a qué se refirió Cristo cuando dijo que los pecados contra el Espíritu Santo no se perdonarían. Palabras que se prestan a muchas confusiones y temores entre muchos católicos. Vamos a entender este pasaje a la luz de la Palabra.

Jesús dijo: “Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro” (Mt 12, 31-32). Para entender correctamente estas palabras, hay que conocer la razón por la que las pronunció.

Cristo respondió así a los fariseos que lo acusaban de expulsar demonios por el poder del demonio, esto, tras haber curado a un endemoniado que estaba ciego y mudo. Los fariseos, afirmaban que Jesús obraba por el poder de Satanás y no por obra de Dios. Lo que representa una blasfemia contra el Espíritu Santo, pues sólo a través de Él, es que Dios nos manifiesta su bondad y su presencia.

Para entender mejor este pecado pensemos en un enfermo de gravedad, quien, a pesar del dolor que pasa y las consecuencias que le trae su enfermedad, no desea ser curado por el único doctor que tiene la posibilidad de devolverle la salud.En otras palabras, el pecado contra el Espíritu Santo es no querer arrepentirse ni pedir perdón a Dios por nuestros pecados, incluso, es dudar de la Misericordia de Dios. Es cerrarse a la gracia y al perdón que sólo Él nos puede dar.

De modo que, no es que Dios no quiera o no pueda perdonarlo, sino que, el hombre no quiere arrepentirse, no le interesa recibir su perdón. Quien no le importa buscar el perdón de Dios, da señales de que ha perdido la fe en la Misericordia del Padre. Por lo tanto, su pecado se vuelve imperdonable, no por su gravedad, sino porque el pecador se niega a buscarlo y en consecuencia a recibirlo.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo define así: “No hay límites a la Misericordia de Dios, pero quien se niega deliberadamente a acoger la Misericordia de Dios mediante el arrepentimiento rechaza el perdón de sus pecados y la salvación ofrecida por el Espíritu Santo. Semejante endurecimiento puede conducir a la condenación final y a la perdición eterna” (CEC 1864).

No hay que olvidar que Dios quiere la salvación de todos los hombres, que nadie se pierda ni se aparte de Él. Por eso, nos invita siempre al arrepentimiento, a que volvamos a la casa del Padre, como el hijo pródigo que reflexiona sobre su actuar y decide volver. Y su padre, en lugar de reprenderlo o desconocerlo, lo recibe con amor y misericordia.

Cristo ha dado a la Iglesia el poder de perdonar todos los pecados del hombre a través del Sacerdote en el sacramento de la confesión. Lo anterior, sólo si el pecador se arrepiente verdaderamente de sus faltas. 

Aun suenan en mi corazón las palabras del Papa Francisco, mismas que te invito a no olvidar:

“El rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a él con el corazón contrito”.

 

 

 

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