FORMACIÓNFormación de mi feVirgen María

La Virgen María sí murió y nos conviene creerlo así

Hoy en la Iglesia celebramos la dormición de María, es decir, la muerte de nuestra Señora, y aunque el término probablemente no refiera explícitamente al fin del proceso natural de la vida de un ser humano, “dormir” en el ambiente judío evocaba al sueño de la muerte de un individuo, y en la misma Iglesia primitiva esta manera de expresarse de la muerte se comprendía perfectamente con este tenor, de tal modo que, desde el siglo VI en Oriente y el VII en Occidente, se celebraba la fiesta de la dormición de María.

Pero, hablar de la muerte física de la Madre de Dios ha provocado en gran parte de la comunidad creyente, incluso de los teólogos una reservada manera de manifestarlo como verdad de fe indicada a creerse por toda la comunidad católica; esto se debía hace apenas unos años al gran valor que se le adjudicaba al pecado y sus efectos en el ser humano, de modo que una persona pecadora corrompía su alma y su cuerpo, y si María es la “tota pulchra” ni siquiera podía imaginarse que ella hubiera muerto, pues se mancillaba por completo su persona.

El mismo papa Pío XII en su Constitución Apostólica Munificientissimus Deus, del 1 de noviembre de 1950, en donde definiera la glorificación de María, no se atreve a tocar el término de muerte, sino que lo hace suponer al lector del momento y a nosotros nos hace afirmarlo, ya que en sus propias palabras dice: «Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo» y en otra parte continua diciendo: «María, la inmaculada y siempre virgen Madre de Dios, después de finalizar su vida terrenal, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo».

En estas dos menciones implícitamente podemos nosotros leer que, como todo mortal, la Virgen murió, y esto no debe ser para nosotros un motivo de escándalo o menosprecio para María, en este caso si ella no hubiera muerto físicamente estaría en una condición superior a la del mismo Jesucristo, porque Él efectivamente murió en el suplicio de la cruz y el negarlo sería una grave herejía; por lo que, con mayor razón, podemos afirmarlo en su santísima Madre.

Queriendo sacar ventaja de esta reflexión teológica, nos conviene que María haya muerto, pues ella, a quien con gran fervor veneramos y en la cual reconocemos la particular distinción divina, podemos ver una prefiguración de lo que acontecerá para la humanidad entera en el final de los tiempos, el gran regalo del Resucitado es ya una seguridad para todos nosotros al saber que en María una vez muerta la ha resucitado y la ha llevado a reinar junto con Él.

Si María no hubiera muerto, no podríamos celebrar con júbilo su gloriosa asunción a los cielos. Así que en estas vísperas de esta gran solemnidad para la Iglesia universal imitemos a la Santísima Virgen en nuestra vida terrena, para que cuando nos llegue el momento de nuestra pascua, por su mediación nuestro señor Jesucristo nos lleve a la gloria del Padre.

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