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¿La fe es razonable?

Dar razón de nuestra esperanza

Cuando leemos la Sagrada Escritura encontramos a lo largo de sus páginas la manifestación pública de la fe, como un don de Dios que el hombre recibe y que debe de trabajar por conquistar día con día. Pero también observamos que en el trabajo de la fe se debe garantizar un entendimiento que la haga comprensible.

San Pedro lo explica (1 Pe 3,15) “Debemos dar razón de nuestra esperanza ante los hombres”, reafirmando esta iniciativa divina que se nos ha dado como un don, estamos llamados a predicarla pero una vez que la hemos entendido, para que cuando nos pregunten sobre nuestra fe, podamos hacerla entendible.

Uno de los mensajes más repetidos por san Juan Pablo II fue desde el inicio de su pontificado la afirmación recogida en el Concilio Vaticano II de que Cristo descubre al hombre su propio ser y su propia verdad. Abrir las puertas a Cristo y no tenerle miedo supone no sólo encontrar a Dios, sino reencontrase cada hombre consigo mismo, descubrir la verdad de su vida.

Si el hombre está dispuesto a dejarse encontrar por Cristo, si deja de cerrarle las puertas de su corazón, ahí es donde inicia el ámbito de la fe como una pequeña semilla que se deposita en una tierra que aún no está preparada, que no tiene abono y que posiblemente nunca llegará a ser una tierra fecunda. Pero es la semilla de la fe la que Dios deposita en el hombre, la semilla más cara y la más fecunda, pues si la fe se arraiga en el hombre podrá obtener todo lo que el desee.

Es aquí donde se produce el gran encuentro del cual la Iglesia es testigo y fiel servidora de la verdad. El hombre que naturalmente busca la verdad, que necesita de ella, se ve envuelto por un conocimiento la revelación que aun excediendo sus posibilidades cognoscitivas le resuelve sus interrogantes más profundos y le libera de la limitada visión que produce la ignorancia y el error.

Pero este trabajo de la Iglesia debe entenderse siempre como un servicio, nunca como una poseedora exclusiva, pues el que sembrará la fe en el hombre es Dios y las semillas del Verbo se esparcen por los confines de la tierra, por las diferentes filosofías y credos.

Como es evidente, esta recepción de la Revelación de Dios, hecha plena en Cristo, es recibida por el creyente no como un mito o una superstición que harían al hombre un ser estúpido, sino como verdades que no limitan la razón, sino que la perfeccionan en su función principal: alcanzar la verdad. Esta es la experiencia básica cristiana, la de los apóstoles, la de la Tradición, la de nuestros padres, la de la Iglesia. No sólo hemos recibido el don del amor de Dios hecho hombre sino indisolublemente unido a él, el don de la verdad hecha hombre.

Nunca compararemos la vivencia de la fe que nos conduce a la verdad, que es una de las dos alas que el hombre posee para conocer la verdad, esta fe cristiana que está orientada hacia la Verdad, pues es por sí misma la más pura forma de conocer la verdad, debemos de destacar la gran ventaja que tiene en este ámbito pero necesitamos no ofuscarla con nuestra subjetiva forma de entender y hacer entender la revelación.

La aceptación de la fe es, por su origen, por sus contenidos y por el modo con que el hombre la asume, una realidad que si bien es sobrenatural no limita al hombre forzando sus estructuras naturales, sino que se encarna en ellas actualizando sus propias potencialidades, su propio ser.

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