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Juventud, Sexo y Dios

Vivamos la castidad

Estamos dentro de un ambiente demasiado “sexista”, que vive y respira la sexualidad de una forma sobre erotizada que, incluso, se ha catalogado como una sociedad un tanto pansexualizada, siendo los jóvenes los más afectados.

En este ambiente estamos haciendo a un lado los valores que engalanaban la formación sexual y los hemos cambiado por la cultura de la “información sexual”, que incluso las instituciones gubernamentales tanto promueven con la bandera del “derecho a la educación sexual” y la prevención de embarazos y enfermedades de transmisión sexual. Ante lo cual, creo que es una gran mentira y un excelente argumento de exclusión de futuros problemas.

Con estos difíciles y pesados argumentos la Iglesia católica queda como la retrograda, la inflexible y cuadrada, la exagerada; en fin, la villana de la película a la que todos desprecian.

Los jóvenes desgraciadamente son el blanco fácil para cualquier manipulación de conciencia por su ímpetu por buscar una filosofía propia, una manera de pensar que sea diferente, que tenga la frescura y que, a base de experimentos, opte por creer en lo que desee y por actuar como le plazca.

Ante la doctrina de la Iglesia católica, nuestros jóvenes se mantienen al margen por la falta de respuestas que le hagan hacer entrar en reflexión ante la vivencia de la sexualidad libremente, sin tener que estar estigmatizada por la palabra “pecado”. ¿Pero en realidad la Iglesia no tiene respuestas con sustento en la verdad que ofrecer?

Creo que la respuesta sabia de la Iglesia, como madre y maestra de la humanidad, se basa en la doctrina de su fundador. Jesucristo se promulgó con su palabra y sus actos por una vivencia armónica, en la que el hombre se desarrolla, buscar su plenitud y su felicidad fundada en la verdad y que trascendería en la vida eterna.

Cristo predicó y vivió la castidad. Frente a una sociedad pansexual ésta es la respuesta de la Iglesia como modelo para alcanzar una felicidad plena, y no una felicidad de un rato, de una aventura, de un exceso de alcohol en una noche de fiesta y que termina por faltar a la dignidad del hombre que es una unión de alma y cuerpo.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la castidad es un regalo de Dios, el cual se debe pedir, pero que también la cataloga como el fruto del trabajo humano que ejerce una conquista diaria sobre sus pasiones, haciendo uso de la virtud de la templanza.

Vivir castamente implica una tarea personal que a nadie beneficia más que al propio hombre o mujer que la ejercita. Si nos ponemos un poco fríos, a la Iglesia como institución no le afecta, en primera instancia, el desenfreno sexual que tengan los jóvenes, pues no es ella la que será reducida a un objeto sexual que satisface un simple deseo, no será ella la que sufra las consecuencias de un rato de diversión y convivencia, no será la Iglesia quien probablemente destruya su juventud dándole paso a las responsabilidades.

Pero, en lo que sí le afecta a la Iglesia, es la información sexual y la nula formación que promueve el gobierno. Porque esta forma experimental de vivir está acabando con los proyectos de nuestros jóvenes, los está enfermando mentalmente y les está dejando tantos vacíos. La preocupación aumenta cuando la dignidad tan alta que tienen los jóvenes al ser imagen de Dios se está viendo tan pisoteada. En esto sí le afecta a la Iglesia porque los que sufren las consecuencias de sus mismos actos son miembros del cuerpo de Cristo.

Querido joven, lo mejor que te puede pasar es estar dentro de un problema como este, una vez viéndote desesperado escuches la voz que resuena en tu interior. Calla si quieres las otras voces, la de la Iglesia, la de tus padres y maestros, la de aquel “amigo persignado”, PERO ESA VOZ QUE TE LLAMA A LA FELICIDAD NO LA PODRÁS CALLAR.

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