DIOSLa Charla Dominical

¿Hemos llevado una vida árida y estéril?

Queridos hermanos, en este Domingo, el Señor Jesús quiere que reflexionemos acerca de en dónde está puesta nuestra mirada y nuestro corazón, ya que en ocasiones gastamos nuestra vida acumulando bienes o buscando éxitos terrenales, pero nos olvidamos que no somos eternos en este mundo material, algún día nos vamos a morir y no nos llevaremos nada al cielo, sólo las buenas obras que hayas hecho. Recordemos que la felicidad no se encuentra en cuánto tienes, sino en cuánto amas.

Todos buscamos la felicidad, pero la buscaremos conforme tengamos nuestro concepto de felicidad establecido, algunos lo entienden en riquezas y dinero, éxito y posición social, seguridad y amor, poder y dominio, sexo y placer, etc. Pero hoy Jesús nos propone un camino totalmente diferente y nuevo para alcanzar la felicidad verdadera, la que no se termina nunca.

En el Evangelio de este día, encontramos 4 antítesis, por un lado, llama bienaventurados, es decir, dichosos y felices, a los pobres, a los que pasan hambre, a los que lloran y a los que son perseguidos por el mundo; mientras que, por otro lado, reprocha y se lamenta de la vida de los ricos, de los que están saciados, de los ríen y de los que son adulados por el mundo.

Estas bienaventuranzas son una fuerte invitación a desprendernos de todas esas falsas posesiones de nuestro corazón. A veces, Dios se vale de ciertas situaciones para sacudirnos y que podamos descubrir cuántos apegos llevamos; por ejemplo: algún fracaso profesional, alguna enfermedad grave, retos complicados en el matrimonio, dificultades con los hijos, alguna crisis económica, o incluso, hasta el fallecimiento de un familiar o alguien muy querido. Todo esto lo permite Dios para que elevemos nuestros ojos al cielo y descubramos que no somos todopoderosos y que necesitamos de Dios.

Lo triste es que, a veces, llevamos tanta soberbia arraigada en el corazón, que no queremos reconocer esto y es más fácil echarle la culpa a tantas cosas y personas, menos a mi actitud egoísta, avara y soberbia. Los ricos tienen su dinero, sus seguros, sus bienes, sus aduladores… lo tienen “todo”, y por eso sienten que no necesitan de Dios.

También hoy, el profeta Jeremías, nos habla de esto, ya que dice lo siguiente: “Maldito el hombre que confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor, habitará en la aridez del desierto. […] Bendito quien confía en el Señor y pone en Él su confianza”.

Son palabras muy claras y directas. Jeremías se pasa la vida entera proclamando ante el pueblo que sólo la confianza en Dios los salvará de los enemigos. Por eso, deberíamos reflexionar, si hasta hoy hemos llevado una vida árida y de esterilidad, lo más seguro es que se debe a que nuestra confianza la hemos estado poniendo más en los hombres o en lo material.

Que no se nos olvide que los bienes materiales, los lujos, el placer, el éxito y el reconocimiento, no nos dan la felicidad ni la plenitud, sólo nos aportan alegría pasajera, pero al final, nos dejan vacíos y frustrados.

Pidámosle al Señor la valentía para desarraigar del corazón todos nuestros apegos y poder actuar en libertad. Que podamos deshacernos de todas aquellas falses seguridades que no nos permiten confiar totalmente en el Señor.

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