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Fracase en mi matrimonio, ¿Estoy fuera de la Iglesia?

Amoris Laetitia

Uno de los panoramas con mayores dificultades dentro de la vida matrimonial hoy en día, son los divorcios exprés en el ámbito civil, y que quieren demandar, dentro del plano eclesiástico, una solución de igual índole. Aunque la demanda es tan alta, la comunidad de creyentes debe entender que la Iglesia no cambiará su doctrina, sólo por el hecho de tener una problemática social que atenta no solo contra el matrimonio, sino contra cualquier valor perdurable que se promueva como algo bueno y con sentido, viviendo el compromiso y la participación madura de las partes.

Ya que el matrimonio cristiano es un fiel reflejo del amor incondicional y profundo que tiene Cristo por la Iglesia, se debe promover y valorar como institución divina y no como un mero contrato humano, el cual se puede abolir a la primera de cambios. Cristo manifiesta en sus sacramentos de servicio su gran amor por la Iglesia y se muestra con gran preocupación.

En los tiempos que nos ha tocado vivir, el compromiso matrimonial se ha tornado en una experiencia de prueba, de experimentación y que gana más el contrato civil que se vive, se ofusca la verdadera imagen de la unión conyugal, la cual es una obligación de parte del pastor el promoverla como una vocación en la que los fieles pueden alcanzar la felicidad.

Hay dos problemas que han distorsionado la acción pastoral frente a la realidad del matrimonio. Los pastores de la Iglesia, muchas veces, no han sabido reaccionar ante los que han incurrido en alguna irregularidad y con esto han faltado a la sacralidad del matrimonio, como es el caso de los divorciados civilmente o de los que, aún sabiendo que en la comunión eclesiástica no existe el proceso de divorcio, han tomado por su propia cuenta el poder iniciar una nueva relación exponiéndose al adulterio y faltando a la fidelidad del vínculo matrimonial que les unía.

En esto, la Iglesia debe reintegrar a estos fieles que por diferentes motivos han quebrantado el vínculo sacramental y con esto han dañado la santidad del Cuerpo de Cristo, y si por el momento no se puede otorgar la dicha de poder recibir la comunión eucarística, sí se podrá participar en movimientos y celebraciones que los hagan sentirse dentro de la comunidad de creyentes.

Aún cuando esto tenga consecuencias terribles para los cónyuges, se debe ver el daño que el proceso causa a los terceros en juego que son los más dañados y los menos involucrados en los problemas matrimoniales, como son los hijos. Cuando existen éstos en las primeras y segundas nupcias es un caso tan difícil y que nunca se asegura que alguna de las familias quedará sin tener un profundo sufrimiento e incomprensión.

La Iglesia, en ningún momento, puede aplicar una norma moral de un modo general, como si tuviera una tabulación de aranceles a los cuales fríamente puede recurrir para aplicar la justicia de Dios. Al contrario, su principal interés debe ser formar en el amor para que las nuevas generaciones puedan descubrir la grandiosidad del sacramento matrimonial.

Debe acompañar a los matrimonios en sus diferentes etapas de vida conyugal haciéndose presente para renovar en todo momento el vino de la alegría sacramental; y por último, debe sanar de raíz cada una de las situaciones especiales que encuentre dispuestas a ser saneadas y las que no se pudiera por la gravedad del impedimento deberá proporcionar medios eficaces para garantizar su salvación.

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