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¡Esto es lo que pasa en tu vida después de que te confiesas!

En un pueblo muy lejano, había una pequeña capilla que era custodiada por un fervoroso y fiel sacerdote, a quien todos los fieles querían y admiraban mucho. Algo que lo caracterizaba era que pasaba horas confesando a muchos de los fieles, a quienes invitaba a acercarse con frecuencia al sacramento. Todo el que salía del confesionario, lo hacía con una sonrisa en su rostro.

Un día, al salir de la misa matutina, un joven llamado Pedro, que vendía carbón en su canasta, se acercó al párroco y le dijo: “Padre, durante varios días por la mañana he observado que, al terminar de celebrar la misa, se pone a confesar a muchos de aquí. Pero ¿sabe? Creo que pierde su tiempo”. El padre, confundido, le preguntó la razón de su expresión, a lo que el joven respondió: “Padre, es muy evidente, toda la gente que se confiesa al salir de aquí, se van como si nada, vuelven a ser los mismos, esos que ofenden, critican y lastiman a los demás ¿De qué sirve confesarse entonces? Yo por eso dejé de hacerlo, porque no siento nada, no noto ninguna diferencia”.

Aquel sacerdote guardó silencio por un rato y mirándolo con amor le preguntó: “¿Me harías un favor? Ve al río, llévate tu canasta de carbón y ve a traerme agua del río que corre a metros de aquí”. Pedro no entendía el sentido de aquella petición, pero sin preguntar, fue al río.

Una vez que llegó al manantial, llenó su canasta de carbón y se fue a donde el Padre. Pero fue en vano, el agua se había caído por completo por entre las ranuras que tenía aquella canasta, por lo que volvió a ir al arroyo, e inundando su canasta corrió a toda prisa para que el agua no se escapara.

Esto es imposible Padre, mejor deme usted otro recipiente, dijo Pedro bastante decepcionado. Pero el sacerdote le contestó: “No quiero que lleves otro recipiente, quizás debas correr aún más rápido”. El joven no podía creerlo ¿No es suficiente ver cómo se escurre el agua en la canasta? Y volvió al río.

“¿Lo ve? Es inútil, esto no está funcionando” Afirmó Pedro, luego el Padre le dijo: “¿Por qué dices que es inútil? Mira dentro del canasto ¿ves algo diferente?” No, nada, aseguró Pedro. “¿No notas que ahora tu canasto está limpio?”, le volvió a preguntar el Padre.

Pedro miró y efectivamente, aquel viejo canasto no tenía ninguna marca de carbón. Estaba limpio, hasta parecía nuevo. 

Eso pasa cuando nos confesamos, aunque crees que es inútil porque no sientes nada, es importante no dejar de hacerlo. Ya que nos limpia y nos purifica por dentro, nuestra alma, nuestra mente y nuestros pensamientos. Nos prepara para recibir tantas y tantas gracias de Dios.

El Santo Cura de Ars nos explica: Piensan que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometerán nuevamente los mismos pecados. Pero Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para darles su gracia hoy”.

¿Hace cuánto que no te confiesas? Deja de lado tus perjuicios y déjate experimentar por la gracia de Dios que nos reconcilia en el amor.

 

 

 

 

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