DIOSLa Charla Dominical

¿Estás listo para vivir en el amor verdadero?

Queridos amigos, hoy en día estamos en la época de los retos; encontramos retos para bajar de peso, para dejar de fumar o dejar algún otro vicio, para vivir la castidad, para recabar fondos, etc. Pues hoy Jesús nos lanza el reto de imitar a su Padre Dios en su bondad compasiva y en su misericordia.

El Domingo pasado se nos presentaban 4 bienaventuranzas que nos parecían extremas de llevar a la práctica, porque invitaban a un valiente despojo de todos los apegos de nuestro corazón, pues en esta semana avanzamos un paso más, vivir en el amor verdadero.

Esto lo descubrimos en el Evangelio de este día: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman. Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra, al que te quite el manto, déjalo llevarse también la túnica. Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿Qué hacen de extraordinario?”.

¡Vaya radicalidad que nos presenta hoy el Evangelio! Para evaluarnos y saber qué tanto amamos verdaderamente y qué tanto imitamos a Dios en su bondad y en su misericordia, este Evangelio nos presenta 2 criterios: tratar a los demás como quiero que ellos me traten y ser misericordioso como nuestro Padre lo es.

Analizando, a la luz del Evangelio, todo lo que esto implica, descubro que no es tan fácil. Amar a quienes me aman, perdonar a quienes me han perdonado o ayudar a quienes ya lo han hecho conmigo, eso sí es fácil. Pero qué difícil es amar a quien me odia, o quien está en mi contra o a quien me quiere destruir.

Por eso el reto que nos lanza Jesús es amar no como el mundo cree hacerlo, sino verdaderamente como el Padre nos ama. Esto incluye ser amable con quienes no lo son con nosotros, saludar al que no me saluda, ponerle buena cara a quienes me critican, perdonar a quienes me han ofendido, no juzgar a los demás, etc.

Se cuenta en cierta ocasión un profesor de religión les pidió a sus alumnos llevaran un saco vacío y varias papas crudas. A los alumnos les pareció extraña la tarea, pero lo hicieron. AL día siguiente el tema era acerca del perdón y, entonces, el profesor les pidió que por cada persona que se negaran a perdonar, iban a elegir una papa, iba a escribir su nombre en ella y la ofensa que les había hecho, luego la colocarían en el costal vacío.

Había de todo, sacos repletos de papas y algunos medios llenos. Luego les pidió que se llevaran el costar a todos los lugares que fueran y que, al llegar por la noche, a su casa, colocaran el saco al lado de la cama. Ellos entendieron que todo el peso que llevaban cargando continuamente, era el mismo desgaste espiritual que sufrían por lo animarse a perdonar.

Esta historia ilustra muy bien nuestra situación cuando nos negamos a perdonar y a ser misericordiosos como nuestro Padre Dios. El no perdonar nos cansa, nos lastima, nos hace sufrir y nos hace oler mal. Debemos ser valientes y humildes a la vez, para reconocer a quién tengo que perdonar y por qué.

Algunos ejemplos: a tu papá que te lastimó porque te abandonó, a tu papá que te golpeaba cuando estaba alcoholizado, a tu mamá porque te abandonó al nacer y no la conoces, a tu esposo porque te ha sido infiel, a tu hermano que se quedó con tu parte de la herencia, a tu hermano que te ha robado en el negocio familiar, al amigo que te traicionó, a quien abusó de ti…

Todos tenemos algo que perdonar, así que no nos hagamos sordos a la Palabra de Dios. San Juan Pablo II decía que “el amor verdadero no es un sentimiento; es un acto de la voluntad que consiste en preferir, de una manera constante, el bien del otro al propio”. Pues una buena forma de vivir el amor, no de palabra sino en verdad, es perdonando de corazón.

El amor y el perdón no se sienten, se viven, son decisión, son compromiso. No tengas miedo, perdonar no te hace débil, al contrario, el perdón ofrecido generosamente engrandece tu persona.

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