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Elige tus batallas

Una vez alguien me dijo que tenía que elegir mis batallas y esto retumbó dentro de mí, de tal manera que hasta la fecha sigue haciendo eco en mi interior. Elegir es algo que las personas hacemos todo el tiempo, debemos preguntarnos constantemente hacia dónde se inclinan nuestras elecciones y solo hay de dos: la primera es ir hacia nuestros sentimientos o deseos inmediatos y la segunda es elegir el “bien mayor”; por ejemplo, si el día de hoy me propuse levantarme a las 6:00am en punto, suena el despertador y decido seguir durmiendo elegí la opción 1, si por el contrario, a pesar de todos mis deseos de seguir durmiendo, me levanto al momento sabiendo que cumplo mi palabra y sabiendo que comenzando el día a esa hora todo se desenvolverá mucho mejor por mis distintas actividades, entonces estoy eligiendo la opción 2.

A lo que voy con todo esto es que en el amor también tenemos que elegir constantemente, no porque tengamos razón en una discusión significa que tenemos que optar por armar un gran problema, tenemos que pensar más en la otra persona y en ocasiones olvidarnos de nuestro primer impulso, que puede ser pelear y demostrar la razón que tengo para desgastar la relación, al final ¿qué ganas? Más bien pierdes. Perdemos mucho más de lo que imaginamos. Cansamos a la otra persona y el día que en verdad hay un tema importante que hablar, sucede como la historia de Pedro y el Lobo, quien bromeaba constantemente que venía un lobo, todos se asustaban y ponían atención a su llamado, cuando descubrían que era falso se molestaban y no le daban importancia, finalmente el día que en verdad venia un lobo para comerse las ovejas, nadie le hizo caso.

Esto mismo pasa en las relaciones, no es que sea falso lo que se dice, pero si se queda desproporcionada muchas veces la consecuencia con lo ocurrido, agravamos todo por no dejar pasar “esa batalla”, muchas veces insignificante. Recuerdo que una persona decía que un gran porcentaje de divorcios era debido a que una de las dos personas no cerraba la pasta de dientes adecuadamente, en mi opinión es una de las cosas más absurdas que he oído, el fondo tiene que ser mucho más profundo y si no se tiene la madurez para superar esas batallas tan pequeñas, seguro en las grandes no estaremos fuertes para vencer.

La invitación es “amar hasta que duela” como la Madre Teresa de Calcuta decía, y si duele, “ama más”, por supuesto aquí se exime la violencia de cualquier tipo, pero si queda muy bien olvidarnos un poco de la vocecita que constantemente nos dice – ¡Mereces… un trato así, un regalo así, un abrazo así…!- si dejamos de pensar en el -merezco- comenzaré a pensar en –qué puedo hacer por el otro– porque de esta manera se abre un mundo ante ti que no tiene por nombre: YO. Dejar de ser ególatra para amar al otro, aceptarlo y no querer cambiarlo, es un arte, es la verdadera batalla que hay que elegir, que la verdadera lucha sea – quién ama más al otro – así nadie tendrá que preocuparse por uno mismo, si a ti se te facilita más donarte, ayuda y enseña a la otra persona con amor. Verás que tarde que temprano esta batalla tiene muchos más triunfos permanentes que las batallas cansonas que terminan por apagar el encanto poco a poco.

Escojamos bien nuestras batallas, ordenemos nuestro corazón con nuestra inteligencia y actuemos con una voluntad sólida para vencer la tentación ante la sensiblería que tanto nos promueven los medios de comunicación hoy en día, seamos hombres y mujeres dispuestos a elegir siempre: EL BIEN MAYOR.

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