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El día que mi vida cambió

También los padrecitos sufrimos

Creo que todos hemos tenidos días buenos y malos, pero hay días especiales en que la vida nos hace ver lo duro que es, esos días en que experimentamos el dolor en carne propia, ese día en que Dios nos visita de la manera más inesperada, pero que por el dolor nos damos cuenta muy tarde.

Recuerdo perfectamente ese particular día de dolor en que mi cielo se nubló, era la madrugada del 18 de marzo de 2016. Alrededor de las 4:30 de la mañana mi celular timbró avisando una llamada entrante, la cual no pude contestar por el efecto del sueño, pero inmediatamente volvió a sonar ese tono de llamada que nunca olvidaré en mi vida.

Quien llamaba era mi hermana, la que sigue de mí, antes de contestar por mi mente se avecinaban escalofríos que me adelantaban la peor noticia de mi vida, el aviso que cambió por completo mi existir y mi manera de vivir.

Pronto contesté y, entre lágrimas, escuchaba el clamor desconsolado de una madre que había perdido a su hijo único, la voz que pedía explicaciones entre sollozos y gritos hacía que de mis ojos se derramarán lágrimas que eran amargas y que asentían la pena que estaba pasando en mi familia.

Mi sobrino, mi ahijado, el primer retoño de nuestra familia, Santiago había muerto, una broncoaspiración, según el dictamen de los paramédicos, había puesto fin a su corta vida, apenas tenía un añito y unas horas y su corazón dejó de latir; una vida con tantas esperanzas, sueños y proyectos a nuestros ojos había terminado.

Como pude consolé a mi familia y les transmití la fe en la Resurrección. Le pedí concretamente a mi hermana que con una oración entregará el alma de su bebe al Dios de la vida que se lo había prestado y ahora lo llamaba a su presencia.

Después de colgar colapsé, no podía creer semejante noticia que me había dejado frío, sin aliento y sin esperanza. Recuerdo que repetía para mis adentros ¡Dios no me puedes hacer esto, era tan sólo un bebe! Todo me parecía inútil, quería gritarle, pelearlo y reclamarle el por qué se había llevado a mi ahijado.

Cuando llegué a mi casa yo mismo quería corroborar la supuesta muerte como si fuera un cuento inventado por mi familia, mi sobrino yacía en la cama de mis papás, parecía dormidito, en un sueño demasiado profundo, del cual parecía que ya no iba a despertar.

Yo me preguntaba, ¿Pero la fiesta del primer año que estaba planeada para dentro de un día?, porque el jueves había sido su cumpleaños, y yo había podido hablar con él, recuerdo que lo había felicitado, le canté las mañanitas y él parecía como que entendía lo que le decía, pero sólo balbuceaba.

En el velorio, ya por la noche, entre tantos familiares y amigos que pudieron acompañarnos y darnos su consuelo, estando yo frente al ataúd que cobijaba a Santi, se acercó un amigo que quiero mucho y ahora es un excelente sacerdote y me dijo: “Gio ves que felicidad tiene tu sobrino en su rostro, esa es la verdadera meta del cristiano, él ya la alcanzó, esfuérzate para llegar a donde ahora está él”.

Ahora, después de tres años, he comprendido cada uno de los momentos y mi vida ha aprendido de estos. He podido ver que en esta vida que Dios nos regala, todos tenemos una misión concreta y que cuando ésta culmina, se nos da el pase de entrada al cielo. Ahora sé que Dios, a quien tanto peleaba y pedía explicaciones llenas de dolor, día con día me ha dado una de las lecciones de amor que nunca se me olvidarán porque me han costado.

Pero lo más maravilloso de este relato, quisiera compartírtelo, es que mi familia y yo queríamos darle todo a este primer hijo, sobrino, nieto; queríamos manifestarle nuestro amor sin medidas, queríamos conducirlo siempre a Dios. Pero las paradojas de la vida nos hicieron ver que, si nosotros lo queríamos así, Dios quien era su Padre, primero así lo quiso y lo constituyó el primer retoño de mi familia que entraría al cielo sin ninguna escala, nos ha dado a un intercesor ante Su presencia y nos ha dado la lección que para ti también puede servirte, debemos esforzarnos por cumplir nuestra misión terrenal para llegar al cielo y festejar la mayor de las fiestas.

Nosotros teníamos preparada una pequeña fiesta con piñatas y globos, pero Dios tenía preparada una fiesta que derramó gracias abundantes sobre mi familia. Este fue el día que cambió mi vida y del cual estoy agradecido.

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