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Dios es un Padre que nos ama con un corazón de madre

Hay dos escenas en la película de “La Cabaña” (The Shack) que me gustan mucho. El personaje principal, tras vivir la muerte de su hija más pequeña, tiene un encuentro en una pequeña cabaña con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. En la escena, este hombre está enojado y ahogado en coraje, pues no entiende porqué le ha tocado pasar por la pérdida de su pequeña; en consecuencia, le reclama a Dios, quien se presenta en forma de una mujer.

Estando los dos en la cocina, el hombre le pregunta por qué se presenta como mujer, si el imaginaba a Dios siendo un hombre. A lo que ella contesta que, después de lo que él había pasado, necesitaba a una mamá. Igualmente, en otra escena, Dios se le presenta ahora como un hombre, afirmándole que, ese día, necesitaría a un padre. Estas escenas me hacen pensar en la grandeza de Dios, quién a la vez es Padre y madre para nosotros sus hijos. Vamos a explicarlo mejor.

Dios es Padre  y esto lo sabemos porque así se ha hecho nombrar Él mismo en las Sagradas Escrituras. Asimismo, Cristo lo llama en numerosas ocasiones y nos enseñó a también llamarlo así, a través de la oración por excelencia del Padrenuestro. Dios es Padre de toda la creación, dueño y señor de la vida.

Él, como Padre bueno y poderoso, cuida y protege de todo aquello que ha creado. Pero es a través de Jesús, que podemos ver y acercarnos al Padre, por Él nos convertimos en hijos adoptivos que podemos llamarle también “Abba”. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos” (CEC 239).

Definitivamente, nadie puede amar tanto a un hijo como lo hace una madre, así como ella cuida y se entrega por sus hijos, así también Dios Padre, se da por entero a los suyos. De esto dan testimonio las Escrituras que nos presentan a Dios con imágenes maternales como signo de un amor cercano y verdadero.

Como un hijo a quien consuela su madre, así yo los consolaré a ustedes” (Is 66, 13). Pero, ¿puede una mujer olvidarse del niño que cría, o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna lo olvidase, yo nunca me olvidaría de ti” (Is. 49, 15). Mostrándonos así, la comprensión y los sentimientos de amor y cuidado que guarda Dios por el hombre, como una madre que ha ama al hijo, hechura de sus manos.

La Doctrina de la Iglesia así lo expresa: “Esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad que indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y su criatura” (CEC 239).

De modo que, podemos afirmar, que Dios en su esencia divina, tiene rasgos tanto paternales como maternales. Pero no por esto, podemos llamar a Dios como “Madre”, Dios sólo es Padre, y es así como debemos dirigirnos a Él. Lo anterior, porque la imagen del Padre, encierra la autoridad y el poder de nuestro creador hacia nosotros sus hijos.

El citado artículo del Catecismo Católica termina así: “Dios transciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida. Nadie es padre como lo es Dios” (CEC 239).

Termino citando las palabras de San Juan Pablo II, en el rezo del Ángelus del domingo 10 de septiembre de 1978: “Dios es Padre, más aún, es madre. No quiere nuestro mal; sólo quiere hacernos bien, a todos. Y los hijos, si están enfermos, tienen más motivo para que la madre los ame. Igualmente nosotros, si acaso estamos enfermos de maldad o fuera de camino, tenemos un título más para ser amados por el Señor”.

 

 

 

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