La Charla DominicalReflexiones

¿Cuántas batallas llevas en tu interior?

Charla Dominical

Queridos hermanos, el Domingo pasado se nos invitaba a redescubrir al Señor como nuestro Salvador. Hoy, Jesús nos invita a ser servidores por amor y constructores de la paz.

En la lectura del Apóstol Santiago (St 3, 16-4, 3) vamos a descubrir en donde se encuentra el origen de los males sociales, y es en la avaricia desenfrenada, la cual nos lleva a cometer todo tipo de abusos. St dice así: “¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones, que siempre están en lucha y guerra dentro de ustedes?… Ambicionan no lo que no pueden tener o alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”.

Cuántas batallas llevamos en nuestro interior, provenientes de las malas pasiones, y esto no se refiere sólo al ámbito sexual, sino a todas las perversiones derivadas de los pecados capitales. Y aquí desenmascarada a esa avaricia oculta, la cual, por no tener lo que esperamos o queremos, nos hace entrar en guerra. Pongo algunos ejemplos:

Queremos un mejor puesto donde ganemos más, y desprestigiamos a nuestros compañeros para subir de lugar; no queremos que se pierda nuestra estima o la imagen que tienen de mí, y soy capaz de calumniar a alguien para desviar la atención de mis errores; algo que sucede mucho en la política, quiero tal puesto o cargo, y me encargo de hacer guerra sucia para atacar a mis contrincantes.

Como ven, nadie estamos exentos de la avaricia. Pues hoy, Jesús en el Evangelio les anuncia por segunda vez a sus discípulos que va a sufrir la Pasión y que va a sufrir mucho. Y también vemos a los discípulos ambicionando otra cosa. No lograban compaginar a un Mesías triunfante y victorioso, que era lo que esperaba el pueblo, con el Mesías sufriente y humillado del que él les hablaba. Y todavía peor, mientras Jesús les comparte eso tan importante, ellos venían discutiendo en el camino quién era el más importante. Como ven, todos somos tentados por la avaricia y la ambición de poder.

Para contrarrestar esto y hacerle frente a la avaricia y la ambición, Jesús les propone llevar una vida de completo servicio. Lo hace, invitándolos a ser como niños, confiados en el amparo de su padre, sencillos, y libres para ser como ellos son, pero, sobre todo, no autosuficientes ni llenos de sí mismos. Mientras que los apóstoles discuten sobre quién va a ser el primero en el reino, Jesús les dice que el primero ha de ser el servidor de todo. Ellos tienen que cambiar la ambición de poder por la actitud de servicio.

Sirviendo por amor a nuestros hermanos, no buscando por ello recompensas, vanagloria o aplausos, nos llevará a ser constructores de la paz. Pidámosle al Señor que podamos despojarnos de toda avaricia, ambición o afán de poder, para que podamos ser fieles discípulos de Cristo.

Santa Teresa de Calcuta decía: “El fruto del silencio es la oración. El fruto de la oración es la fe. El fruto de la fe es el amor. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz”.

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