ReflexionesVida con sentido

¿Cómo podemos dejar de juzgar a los demás?

Con seguridad puedo afirmar que, todos en algún momento de nuestra vida, hemos juzgado severamente a los demás. ¡Qué daño hacen los juicios imprudentes! Ya que no solo construyen historias falsas de los demás; sino que además, están fuera de la realidad.

Cuando juzgamos, demostramos una necesidad de sentirnos superiores a los demás. Queremos creernos más buenos y perfectos que él o ella. Esta actitud no hace más que cerrar la puerta a la empatía y enfocarnos sólo en señalar y apuntar a los demás con el dedo.

Hacer un juicio imprudente es atribuir sin fundamentos ni razón suficiente que alguien ha cometido tal o cual hecho, sin estar seguros de ello o, incluso, es afirmar que lo hace por tal o cual motivo, sin conocer la verdadera razón.

Existen también la difamación y la calumnia, que junto con los juicios temerarios son pecados que van en contra de la persona y su buena reputación. Difamar a alguien es evidenciar ante los demás los errores que cometió esa persona. La calumnia, por su parte, es mentir y levantar falsos sobre otro. Todos y cada uno de estos pecados, perjudican gravemente la reputación de los demás. ¿Cuáles y cuántas veces hemos cometido estos pecados? Sería bueno hacer un examen de conciencia.

Ahora bien, es importante conocer la diferencia entre juzgar los actos externos de una persona y las intenciones que en su interior, le llevaron a cometerlos. Es decir, si un compañero de trabajo llega toda una semana después de la hora de ingreso, se juzga que ha llegado tarde. Esto lo podemos afirmar con seguridad pues los hechos así lo demuestran.

En cambio, emitimos un juicio temerario cuando nos atrevemos a afirmar que ha llegado tarde al trabajo por tal o cual motivo, cuando ni siquiera de forma personal conocemos las verdaderas razones que lo provocaron. En muchos casos, podemos llevarnos grandes sorpresas al descubrir los motivos que hay detrás, no concuerdan en lo absoluto con los nuestros.

Nosotros somos los únicos responsables de nuestros pensamientos, palabras y acciones. De modo que, si queremos evitar los juicios temerarios, es necesario, primero, busca siempre el bien del otro; esto abarca nuestros pensamientos, actos y palabras. Si lo que buscas es encontrar siempre una razón para describir el actuar del otro, créeme que lo vas a encontrar, pero seguro que estarás fuera de la realidad. Por lo tanto, antes de juzgar, otorga el beneficio de la duda, es decir, no te adelantes a señalar ni a condenar hasta no saber qué está pasando en la vida del otro.

Recuerda que la regla de oro es: “Trata a los demás como quieran que te traten”. No lo digo yo, lo dijo Jesús: “No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes” (Mt 7, 1-2). Dios es el único juez que conoce el corazón del hombre, sólo Él puede penetrar en lo más profundo de las intenciones y deseos del corazón. Más empatía y menos juicio.

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