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¿Cómo equilibrar sexo, pudor y moda?

No hace mucho que una buena señora parroquiana mía me dijo: “Mire padre, con esto del calor, las chicas enseñan tanto que no dejan lugar a la imaginación del hombre”. Me hizo pensar que es cierto que nos hemos acostumbrado desde hace algunos años a que “la moda es lo que te acomoda”, y si hace calor, pues entre menos ropa mejor.

Una de las manifestaciones más visibles de las costumbres cada vez menos dignas de la persona es la manera de vestir. Lejos de ser un detalle sin importancia, refleja la mentalidad de una sociedad hedonista que ha vuelto la espalda a Dios, al buen gusto y a las buenas costumbres.

La manera de vestir que impone la ideología dominante es una forma de rebeldía contra la elegancia, armonía y belleza que imperaba en una sociedad en la que se valoraba la dignidad de la persona por ser alguien digna, no por la apariencia física.

La moda de antes estaba al servicio del buen gusto, de la modestia y la decencia. Ensalzaba de forma natural y elegante la masculinidad y la feminidad. Hoy en día, con la imposición de la moda unisex y desenfadada, a veces no se distingue tan fácilmente si estamos ante un hombre o una mujer. El hombre se afemina y la mujer se masculiniza.

Hoy en día vestimos con muy mal gusto. El estilo informal y desenfadado se impone cada vez más. En verano llega a veces hasta el esperpento siendo habitual ver en las iglesias de cualquier ciudad personas con chanclas, bermudas y playeritas. Moda lo que te acomoda.

Las mujeres con frecuencia usan una minifalda cada vez más corta y han reducido la ropa a la mínima expresión. El uso de las mallas o pantalones ajustados es una práctica generalizada y se ha extendido incluso a los meses de invierno.

La pregunta que cabe hacerse es: ¿lo anterior una exageración? ¿eso ya es normal y tenemos que acostumbrarnos a que la sociedad evolucione? ¿hay un valor antropológico en el pudor –virtud que regula la modestia y decencia en el vestir- o es una cuestión de exagerados religiosos?

Para llegar a una adecuada interpretación del pudor, es necesario entenderlo como la salvaguarda de una de las dimensiones más íntimas y valiosas de la persona humana; cuando el pudor desaparece, la sexualidad se banaliza y se cosifica a la persona. De aquí que la moda debe ser siempre el reflejo de una antropología completa, que respete a la persona en su corporalidad masculina o femenina, evitando ser objeto de manipulación.

En consecuencia, la elegancia, entendida como el buen gusto y el estilo propio en el modo de presentarse, está articulada con el pudor, actitud humana que defiende la intimidad personal. En este sentido se puede hacer una distinción entre lo que es atraer, seducir y provocar. Estos tres vocablos designan actitudes diversas. La atracción, característica propia de la belleza, potencia la libertad del que es atraído porque le reclama una respuesta ante una realidad que no defrauda. La seducción tiene un significado menos positivo pues se refiere al modo de atraer no tanto al contenido de la realidad atractiva. Por su parte la provocación es la apelación directa a las fuerzas que esclavizan a la persona: la persona provocada es cosificada, lo que significada el deterioro de sus más nobles energías.

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