+ DIOSLa Charla Dominical

Valoremos el regalo de la Eucaristía

Charla Dominical

Queridos amigos no hay algo más desagradable que encontrarnos con alguien malagradecido que exige mucho y da poco, que no valora lo que se le da a manos llenas y no agradece lo que se le ofrece. Esta es la historia del pueblo de Israel, quien recibe todo de parte de Dios, sin embargo, su historia está llena de quejas hacia Dios.

Esta también puede ser nuestra historia, estar tan apegados a los bienes de esta tierra, que no reconozcamos todo lo que hemos recibido de Dios, o bien, si lo reconocemos, puede que no lo agradezcamos o siempre queramos más y nunca estamos satisfechos.

Quiero contarte la siguiente historia: Rodrigo era un humilde trabajador que pasaba sus días cortando bloques de piedra al pie de una montaña. Un día vio pasar el cortejo todo engalanado de un príncipe. Rodrigo sintió gran envidia y deseó tener la riqueza de aquel príncipe. El Gran Espíritu escuchó su deseo y lo convirtió en un príncipe.

Rodrigo fue feliz con sus ropas de seda y su poder hasta que un día vio cómo el sol marchitaba las flores de su jardín. Deseó tener el poder del sol y su deseo fue satisfecho. Se convirtió en el sol con poder para secar los campos y humillar a las personas con una gran sed.

Rodrigo fue feliz siendo el sol hasta que un día una nube lo cubrió y su poderoso calor se eclipsó. Así que tuvo otro deseo y el Gran Espíritu se lo concedió. Convertido en nube, Rodrigo tuvo el poder de inundar la tierra con sus tormentas y riadas.

Rodrigo fue feliz hasta que observó cómo la montaña a pesar de las tormentas permanecía firme y segura. El Gran Espíritu obedeció. Rodrigo se convirtió en la montaña y fue más poderoso que el príncipe, el sol y la nube. Y fue feliz hasta que sintió el pico cavando a sus pies. Era un humilde cantero que estaba cortando bloques de piedra para ganarse el pan de cada día.

Rodrigo somos cada uno de nosotros, siempre buscando algo mejor, algo más agradable y placentero y, a pesar de todas nuestras búsquedas en los lugares más remotos, seguimos teniendo hambre y sed.

Puede que hoy reconozcamos todo lo que tenemos: salud, familia, una casa y algunos bienes, buenos amigos, nuestras capacidades, un trabajo, etc. Sin embargo, descubrimos que estamos insatisfechos. Esto se debe a que las cosas de este mundo nunca serán suficientes para llenar nuestra vida y darnos la plenitud, nunca nos saciarán.

En este domingo debemos reconocer que lo único que nos da paz, nos sacia el corazón y nos da plenitud, es el mismo Cristo que se nos da como alimento. Él mismo nos dice: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”.

A lo mejor sí hemos acudido al Señor, pero sólo en los momentos de dificultades y necesidad, y no lo hemos buscado con fe y para seguirlo. Esto lo digo porque en el mismo evangelio, escuchamos que Jesús le dice a la gente que lo buscaba que se acercaron a él, no porque vieron señales milagrosas, sino porque comieron hasta saciarse con aquella multiplicación de los panes.

Y nos puede suceder igual, que nos hemos acercado a Jesús, no para que cambie o transforme radical y sinceramente nuestra vida, sino para obtener de Él únicamente lo que necesitamos.

Valoremos en este domingo el regalo tan grande de la Eucaristía, no pongamos nuestra mirada y nuestro corazón en las cosas perecederas y caducas, sino en lo que nos da la vida eterna. Jesús es mucho más de alguien que hace milagros, es quien nos alimenta con el pan de la eternidad. Todo lujo y todo lo terrenal va a desaparecer, lo único que permanece para siempre es Dios, acércate y aliméntate de su amor, de su Palabra y de su Eucaristía.

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