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¿Te han confundido con Jesús?

Pedro tenía la reunión de trabajo más importante del año y todo en el día iba muy bien. Al salir del edificio con el resto de su equipo de trabajo, lo hicieron apresuradamente al ver un taxi libre, lo que era muy poco común debido a la hora pico.

Ansiosos por llegar al aeropuerto para su tomar su vuelo de regreso al hogar, corrieron hacia aquel automóvil, pero al cruzar la banqueta, con la prisa, tumbaron un pequeño puesto de frutas y vegetales. Los demás parecían no haberse dado cuenta de lo que acaba de pasar; Pedro, por su parte, se detuvo y regresó hacia aquella calle.

Mientras los demás subían al taxi, le llamaban con insistencia: “Pedro, vas a perder el vuelo, date prisa”, “sigan sin mí”, contestó Pedro, mientras cruzaba la calle llena de vegetales y frutas. Cuando llegó a aquel puestecito, se dio cuenta que la mujer que lo atendía era ciega, ella estaba parada allí llorando desconsoladamente por lo que le había pasado.

“Tranquila, todo está bien, no pasa nada”, le dijo Pedro arrodillándose para recoger la mercancía. Muchas personas pasaban en ambas direcciones, pero nadie se detenía a ayudar, sólo se limitaban a mirar y caminar apresuradamente hacia su destino.

Al fin, toda la fruta y la verdura estaban sobre la pequeña mesa de madera que servía de mostrador. Pedro se encargó de acomodar todo cuidadosamente, separando todo lo que se había dañado.

Una vez que todo había vuelto a la normalidad, Pedro se volvió hacia la mujer y le preguntó: “¿está usted bien?”, ella asintió con la cabeza, todavía con el rostro triste. Inmediatamente, él tomó su cartera, sacó unos cuantos billetes y se los dio a la mujer, diciendo: “Este dinero debe cubrir los daños causados”, aquella señora los tomó y Pedro se alejó caminando.

“Señor”, lo llamó la mujer. Pedro se detuvo y dio la vuelta caminando de regreso. “Dígame”, le contestó él. “¿Es usted Jesús?”, preguntó ella, “Oh no”, contestó él. La mujer sonrió y continuó, luego le dijo: “se lo pregunto porque en el instante que escuché cómo mi mercancía caí de la mesa, comencé a rezar para que Jesús me ayudara”. Pedro, no sabía qué decir y únicamente le tomó la mano para despedirse y siguió su camino.

Ya de camino, Pedro no podía más que sólo llorar. Llegó al aeropuerto y por fortuna encontró un avión que lo llevó de regreso a su ciudad. Una vez en el aire, no podía dejar de pensar en las palabras de aquella mujer que sin verlo, lo confundió con Cristo.

 ¿Cuándo fue la última vez que alguien te confundió con Jesús? Cada uno de nosotros por el bautismo estamos llamados a ser imitadores de Cristo, en la entrega y la caridad con los demás. Así ante los quehaceres diarios y comunes, preguntémonos: ¿Qué haría Jesús en esta situación?

Nuestras palabras y nuestros actos deben ser un reflejo vivo del Señor que está cercano a todos. Seamos instrumentos, imitadores de Cristo. San Pablo nos exhorta: “Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo” (1Corintios 11, 1).

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