¡Se le quemó su casa… y nada podía salir peor!

Esteban era el único sobreviviente del naufragio que sufrió un barco pesquero, tras varios días navegando sin rumbo y sufriendo los daños inmediatos, como el hambre y la insolación; llegó a la playa de una muy pequeña y deshabitada isla.

Con el pasar de los atardeceres, se esforzaba por buscar el alimento diario y la sombra que lo protegiera de los ardientes rayos del sol. Las olas que chocaban entre sí se volvieron el escenario que de alguna manera calmaba a su inquieto corazón. ¡Vaya consuelo!

Entre los objetos que tenía consigo, se encontraba una pequeña cruz tallada en madera de olivo que colgaba de su cuello, era un regalo que su madre le había hecho antes de fallecer. Cuando la desesperación y la angustia le hicieron preso, no hacía más que apretar su cruz con mucha fuerza. Entre lágrimas y gritos miraba al cielo, pidiendo insistentemente a Dios ser rescatado.

Los días, y los meses iban pasando lentamente frente a sus ojos y la ayuda parecía que nunca iba a llegar. Cansado y con la esperanza muerta de ser rescatado, decidió hacer de sus últimos días en la isla un lugar habitable. Con palmas y ramas se construyó una cabaña para protegerse del sol y de los vientos así como para almacenar sus pocas pertenencias.

Una mañana, luego de buscar su alimento diario alrededor de la isla, encontró que su cabaña estaba siendo consumida por las llamas, formando una gran fumata que llegaba hasta el cielo. ¡Ahora sí, nada podía salir peor! En un instante había perdido lo poco que tenía, su seguridad y sus pertenencias. Al momento, la rabia y el coraje envenenaron su corazón. ¡Soy un hombre olvidado por Dios!  ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Por qué?” – reclamaba Esteban a Dios.

Esa tarde no hubo más que melancolía y tristeza en el alma de aquel hombre que aparentemente estaba condenado a morir en aquella isla. Sin embargo, al amanecer del siguiente día, entre sueños Esteban escuchaba el sonido de un barco muy cerca de donde él estaba. Tras unos minutos despertó y cuál fue su sorpresa que, efectivamente, un barco se encontraba estacionado justo enfrente de la Isla. ¡No lo podía creer! Venían a rescatarlo.

Cuando los hombres llegaron a la isla, Esteban no podía creer aquella hazaña y preguntó: “¿Cómo supieron que estaba aquí? Yo no hice contacto con nadie”. “Vimos una señal de humo” -contestaron ellos.

Cada que las cosas salen mal, que todo pareciera conjugarse para condenarnos al fracaso, Dios parece ser el primer y único responsable de todas nuestras desgracias.

San Pablo en la Carta a los Romanos nos dice: “Sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado” (Rm 8, 28). ¿Qué tanto verdaderamente confías en el Señor? Aunque todo sea oscuro y desolado, no debemos desanimarnos ni perder la fe. Dios está constantemente trabajando en nuestras vidas aun en medio de la tristeza, el dolor y el sufrimiento. Somos hijos suyos, creaturas de sus manos, ¿Cómo podría querer nuestra desgracia? Si tu cabaña es consumida por las llamas del miedo, la desesperanza y la tristeza, no olvides que puede ser Dios, que nos ha alcanzado con su mano. ¡Confía más y preocúpate menos!

About Daniel Alberto Robles Macías

Daniel, Abogado de profesión y católico por convicción; entregado de tiempo completo a la evangelización. "No tengan miedo de mirarlo a Él" San Juan Pablo II

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