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¿Por qué no recibo lo que le pido a Dios?

De manera muy frecuente he escuchado a tantas personas que con la intención de alimentar la esperanza de alguien que se encuentra viviendo una situación de dolor o tristeza, recomiendan acudir a la oración, un remedio celestial. Muchos dan el siguiente consejo: “haz más oración, Dios te escucha, ten fe”. Pero ¿será posible que nuestras oraciones pueden hacer cambiar a Dios de opinión? Y entonces ¿por qué parece que no nos escucha?

Recordemos las palabras que Jesús dijo a sus discípulos: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá la puerta. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y se abrirá la puerta al que llama” (Mt 7, 7-8). Cristo nos invita a pedir por cada una de nuestras necesidades con la seguridad que obtendremos respuesta. En otro pasaje nos invita a hacerlo con perseverancia e insistencia, como aquella viuda que, en busca de justicia, pide al Juez injusto que la ayude y la palabra deja claro que debido a su insistencia accedió a ayudarla (Cf. Lc 18, 1-8).

Jesús nos dice: “Pues antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan” (Mt 6, 8). Entonces, si Dios ya sabe lo que necesitamos ¿por qué hay que pedirlo? En la Carta a Santiago, San Pablo nos dice: “Si ustedes no tienen es porque no piden, o si piden algo, no lo consiguen porque piden mal; y no lo consiguen porque lo derrocharían para divertirse” (St 4, 2-3). O bien, porque no sabemos pedir lo que más nos conviene a los ojos de Dios, es el Espíritu Santo quien lo hace por nosotros (Rm 8, 26).

El Catecismo de la Iglesia Católica nos ilustra mejor esta situación: “Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto, es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo” (CEC 2736). Por lo tanto, Dios quiere que, como hijos suyos, hagamos uso adecuado de nuestra libertad para pedirle lo que desde toda la eternidad Él ha dispuesto para cada uno de nosotros y así podamos entrar en su voluntad, en ese diálogo amoroso que nos da lo que más nos conviene para nuestra salvación.

Nuestra oración no debe nunca ser condicionada, es decir, hacerla solamente buscando obtener un bien y si no se obtiene dejarla por completo. Al contrario, el Señor Jesús nos invita a que pidamos porque nuestra oración nos purifica, nos hace mejores. Mediante ella es que fortalecemos nuestro amor y nuestra confianza en nuestro Padre. Él debe ser nuestro mayor interés, más allá de lo que pedimos, debemos buscar su voluntad y abrazarla con amor.

Es claro que nuestra oración siempre obtendrá respuesta, quizás no siempre obtendremos lo que le pedimos, pero seguramente es porque obtendremos algo mucho mejor. Si nuestra oración es realizada con verdadera confianza y certeza de que Dios nos escucha, obtendremos todo lo que pidamos en nombre de Cristo y, más aún, recibiremos al Espíritu Santo quien nos llena de sus dones.

No olvides nunca este consejo de San Pio de Pietrelcina: “La oración es la mejor arma que tenemos; es una llave que abre el corazón de Dios. Debes hablar a Jesús también con el corazón además de hacerlo con los labios; o mejor, en algunas ocasiones debes hablarle únicamente con el corazón”.

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