La Charla DominicalReflexiones

¿Quieres reinar? A amar y a servir

Queridos amigos estamos celebrando el Domingo de Ramos, con el cual damos inicio a la Semana Santa, donde celebraremos el Misterio más grande de toda nuestra fe, el Misterio Pascual de Cristo: Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Hoy iniciamos nuestra Eucaristía con una singular procesión con palmas, en donde recordaremos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén para consumar su Misterio Pascual. En esta procesión vemos cómo toda la gente le gritaba vivas a Jesús, lo alababa y lo proclamaban Rey.

¿Pero cómo fue en realidad la actitud de Jesús? Jesús  entró de una manera sencilla y humilde a Jerusalén, montado en un burrito. Esto nos recuerda que este reinado de Jesús no es de poder o ambición, sino un reinado de amor y de servicio. Entra humilde y con un corazón sencillo.

En la Carta a los Filipenses (2, 6-11) hemos escuchado que Jesús se humilló así: “Cristo, siendo Dios, no consideró que debía aferrarse a las prerrogativas de su condición divina, sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo, y se hizo semejante a los hombres.  Hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo y por obediencia aceptó incluso la muerte, y una muerte de cruz”.

Aquí descubrimos la manera de actuar de Dios, vemos cuál es el estilo de obrar de Dios, nos recuerda que se humilló a sí mismo. Es la invitación a imitarlo en esta actitud tan importante: LA HUMILDAD. Dios todopoderoso se humilla para caminar con su pueblo, para ser uno con él, para soportar sus fidelidades, para amarnos desde nuestra humanidad.

Nos gusta más el camino glorioso y el camino fácil, pero hoy que escuchamos la Pasión de Nuestro Señor se nos invita a recorrer el mismo camino que Él, el de la humildad, el cual implica despojo, desprendimiento y también humillación y abandono.

Para lograr la humildad debemos vivir como Él que se despojó, debemos despojarnos continuamente para poder vivir en el servicio, en la entrega. Este despojo es la humillación más grande. No nos volvamos como esa masa anónima que quería que lo crucificaran y, más bien, ábrele tu corazón esta Semana Santa, acompáñalo por el camino de la cruz, a través de la humildad y el despojo, ofrécele una sincera confesión y despójate de tus pecados.

 

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