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¿Por qué Dios permite la tentación?

Cuando rezamos el Padrenuestro decimos: “no nos dejes caer en la tentación”. Pero, ¿no parecería imposible evitar tener alguna tentación? ¿Es malo experimentarla? ¿Cómo hay que entender esto? Veámoslo.

Las tentaciones tienen un objetivo en nuestra vida y hay que aprender a descubrirlo. La palabra tentación procede de tentatio que significa prueba o test. Y bien sabemos que sólo ante las pruebas podemos descubrir cuánta resistencia podemos forjar. Por eso, debemos tener muy claro que experimentar la tentación no es pecado, lo que sí lo es, es consentirla, es decir, caer en ella.

Dios no es el autor de las tentaciones ni nos las manda, pero sí permite que seamos tentados para que podamos forjar las virtudes. De hecho, existe más mérito en ser tentado y resistir la prueba, que nunca experimentar alguna tentación. De tal modo que, las pruebas que vivimos, son una gran oportunidad para crecer en la santidad, que es la vocación universal de todos.

De hecho, Jesús tuvo momentos fuertes de tentación en su vida aquí en la tierra, tanto en el desierto como en el huerto de Getsemaní, antes de ser tomado preso. Por lo tanto, si Él fue tentado, con mayor razón nosotros también las tendremos; pero, así como Cristo logró vencerlas, así también debemos animarnos a luchar sin cansancio hasta dominarlas y salir victoriosos de ellas.

Ahora bien, hay que saber que, si Dios permite que la tentación llegue a nuestra puerta, también nos dará todas las gracias necesarias para salir victoriosos. Ya nos dice San Pablo: “De hecho, ustedes todavía no han sufrido más que pruebas muy ordinarias. Pero Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerza para superarla” (1Cor 10, 13).

Una de las armas más eficaces para poder vencer las tentaciones es la oración, ya Jesús nos lo dejó muy claro: “Oren para que no caigan en tentación” (Lc 22, 40). El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice también: “Jesús es vencedor del Tentador, desde el principio (Cf Mt 4, 11) y en el último combate de su agonía (cf Mt 26, 36-44). En esta petición a nuestro Padre, Cristo nos une a su combate y a su agonía. La vigilancia del corazón es recordada con insistencia en comunión con la suya” (CEC 2849).

Entonces, en la oración del Padrenuestro ¿qué es lo que pedimos? El Catecismo nos responde: “[…] Pedimos a nuestro Padre que no nos “deje caer” en ella. Traducir en una sola palabra el texto griego es difícil: significa “no permitas entrar en” (cf Mt26, 41), “no nos dejes sucumbir a la tentación”. “Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie” (St 1, 13), al contrario, quiere librarnos del mal. Le pedimos que no nos deje tomar el camino que conduce al pecado, pues estamos empeñados en el combate “entre la carne y el Espíritu”. Esta petición implora el Espíritu de discernimiento y de fuerza” (CEC 2846).

No te desanimes si las tentaciones han llegado a tu vida, al contrario, velas como una motivación en donde tienes algo que ofrecerle a Dios. Para no caer en la tentación, debemos dejarnos conducir por el Espíritu Santo, ya que, si nos dejamos conducir por Él, sabremos reconocerla, y poner los medios adecuados para poder vencerla. Estemos siempre vigilantes, ya que el enemigo siempre nos ataca por donde más débiles nos mostramos.

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