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Mira cómo un simple vaso de agua le salvó la vida

En un pueblo, gobernado por un rey arrogante y egoísta, estaba por llevarse a cabo la ejecución de un hombre inocente que había sido condenado por expresar y defender su fe. Ya en la zona de la guillotina, el monarca decidió acercarse al reo que, de rodillas, elevaba sus oraciones al cielo.

Al ser testigo de ese momento, el rey se conmovió profundamente por la fuerza de ese hombre que, a pesar de que estaba a punto de morir, no perdía su fe. Entonces, le preguntó: “¿cómo puedes seguir orando a tu Dios, cuando Él no fue capaz de salvarte de la muerte? Yo, que soy un rey misericordioso y justo, dime: ¿cuál es tu última voluntad?” Aquel hombre solamente pidió un vaso con agua. El rey de inmediato ordenó se lo trajeran.

Ya con el vaso ya en sus manos, el miedo comenzó a hacerse presente en el reo, y la mano que sostenía el vaso de agua, temblaba tanto que difícilmente podía acercárselo a la boca. Esto sensibilizó aún más al rey que de manera natural le dijo: “Calma, te pido que te tranquilices, yo te prometo que nada te pasará hasta que no te termines esa agua”.

Al escuchar estas palabras, el hombre, con lágrimas en los ojos, levantó su mirada al cielo  y sonriendo, arrojó el vaso al suelo. De modo que, instantáneamente aquel líquido que contenía el vaso, se diluyó entre la tierra, por lo que recuperarlo sería imposible.

El rey entendió lo que había pasado, y no tuvo más que cumplir su palabra, aquel hombre se había salvado de la muerte. Y así, fue puesto en libertad. Es así como en el último momento, gracias a un vaso de agua, este varón recuperó la libertad que ya había perdido.

El agua es una necesidad vital y permanente para todo ser vivo, y en esta historia fue el medio de salvación para un preso. Pero para nosotros los cristianos, el agua de vida y de salvación es Cristo mismo. Como ese hombre que estaba condenado, así también nosotros estamos condenados por el pecado que, día tras día, nos hace presos del placer, del odio, la envidia, la tristeza y la soledad.

Y, sólo a través del vaso que contiene el agua de la vida, es que experimentaremos la verdadera libertad. Y lo mejor de todo es que está a nuestro alcance, es gratis; sólo debemos aceptarla y, por supuesto, beber de ella. La fe se representa en esa copa que contiene el elixir eterno.

El hombre condenado a la guillotina experimentó la sed en el último momento, la sed de la muerte y del miedo. Igualmente, nosotros a diario tenemos sed de éxitos, de alegrías, de felicidad, de amor, de plenitud o de vida; pero esa sed no será saciada por ninguna persona de este mundo, sino solamente por Jesús.

Así como el rey prometió seguridad al hombre hasta que no bebiera de su agua, Cristo también nos hace una promesa que es eterna y que no cambia por ninguna circunstancia ni estado de ánimo, a todo aquel que cree en Él, recibirá la vida eterna. “El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 14).

 

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