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Los católicos y la terapia Reiki

Muchas han sido las personas que han preguntado qué opinión tiene la Iglesia sobre la terapia denominada Reiki, técnica de “curación” que ha tenido mucha presencia en la sociedad en los últimos años, diversos son los testimonios de personas afirmando que han recuperado la salud, gracias a esta alternativa de alivio. Pero ¿cuál es la posición de la Iglesia católica sobre este tema?

Comencemos por definir a grandes rasgos qué es el Reiki. Es una terapia japonés que surgió en el siglo XIX, basada en textos budistas. Según esta técnica, cualquier enfermedad es resultado de un desequilibrio o afectación en la energía vital de la persona. Por lo que su método de curación consiste en colocar las manos en distintas posiciones sobre partes del cuerpo del enfermo para transmitir el flujo del reiki, o también denominada “energía vital universal”,  por parte del curador al paciente, para así obtener la sanación.

Quienes imparten esta terapia, afirman que el practicante no es portador de la energía sanadora, sino que solamente es un canal. Ya que la energía vital procede únicamente de Dios, quien es la “Inteligencia superior” o también le llaman “conciencia divina”. Para poder ser un practicante, se debe recibir un rito de “iniciación” de parte de un maestro reiki para poder convertirse en el conducto del alivio.

A través del documento titulado: “Directrices para evaluar el Reiki como terapia alternativa”, publicado por el Comité para la Doctrina de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, la Iglesia reconoce que existen dos tipos de curación: la curación por gracia de Dios y la que proviene del poder de la naturaleza.

La primera la podemos ver en Cristo que sanó a muchos imponiéndoles las manos y ordenó a sus discípulos seguir con esta práctica. Y a través de los siglos, la Iglesia ha intercedido por todos los enfermos invocando el nombre de Jesús y pidiendo su curación, a través del poder del Espíritu Santo en el sacramento de la unión de los enfermos. En relación a la segunda, la Iglesia nunca ha negado la curación de los enfermos mediante la medicina, que hace uso de los medios naturales. Como muestra de ello están los cientos de hospitales católicos alrededor del mundo.

Ninguno de nosotros puede decidir ni asegurar que Dios curará o no a alguien mediante el poder sobrenatural, sólo Él lo decide. Por lo tanto, el que un enfermo pueda ser beneficiario de dicha gracia, no quiere decir que no pueda recurrir también a los recursos de la medicina que están a su alcance.

Ahora bien, es bien sabido que, sólo a través de la ciencia, es que el hombre puede asegurar que mediante algún medio de carácter natural es que se puede obtener o no la curación que se espera. Por lo tanto, la terapia del reiki carece de este reconocimiento por parte de las comunidades médicas y científicas, pues no existen estudios que prueben su validez ni muchos menos la explicación de su eficacia.

Los que la practican, insisten en que todo es a través de la energía vital que existe en el universo presente en todas las cosas. Pero esta energía no es comprobable y, por lo tanto, es ignorada para la ciencia natural. De modo que el reiki carece de toda credibilidad científica, por lo tanto, no puede ser considerado como un método natural de curación.

Ni mucho menos podemos catalogarlo como un método de curación divina. Lo anterior, porque en la tradición cristiana es bien sabido que para obtener la sanación se invoca a Dios, con la incertidumbre de que puede producirse o no, mientras que en el reiki, a pesar de que también se suplica a Dios, el resultado dependerá del médico que recibió la energía y de sus capacidades de sanación.

Asimismo, ni la Escritura ni la tradición cristiana hacen referencia a la existencia de la citada “energía vital universal”, ni mucho menos su alcance y manipulación humana. De allí podemos concluir, entonces, que la terapia reiki no tiene sustento ni científico ni cristiano. Por lo tanto, no es compatible con la doctrina cristiana.

De modo que, si un católico pone su confianza en esta práctica, cae en el campo de la superstición, misma que va en contra del Primer Mandamiento de la ley de Dios: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”.

 

 

 

 

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