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¿La salvación es para todos?

Hace unos días escuchaba estas palabras del Apóstol Pablo a Timoteo: “Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2, 4). Y me pregunto ¿todos los seres humanos pueden salvarse? Si mal no recuerdo, nuestros hermanos protestantes dicen que sólo algunos escogidos por Dios podrán gozar de la salvación, mientras que los demás serán condenados ¿Cómo debemos entenderlo?

Si algo debemos de tener claro es que nadie puede afirmar con seguridad que una persona al morir se fue al cielo, al purgatorio o al infierno. Esto lo digo porque, incluso, en el último momento de su vida, Dios le puede permitir arrepentirse, aún a pesar de vivir alejado y, por tanto, se salvó. Aunque, también no podemos afirmar que todos tendremos en el último momento, el arrepentimiento.

Jesús dijo: “Entren por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran” (Mt 7, 13-14). Al leer estas palabras de Jesús, queda claro que no todos se salvan. Pero esto será así por la propia y libre decisión del hombre, no de Dios. Él, como dice San Pablo, quiere que todos se salven.

Hay que recordar que Dios nos creó libres, es decir, que nos dio el poder de decidir si queremos estar con él o no, ya que para que haya un verdadero amor, se necesita la libertad. No olvidemos que somos sus hijos, siempre está dispuesto a escucharnos y a demostrarnos, con su perdón, cuánto nos ama si nos arrepentimos de nuestras faltas y volvemos a Él. Pero nunca nos forzará ni nos obligará a seguir su voluntad.

Viene a mi mente la historia de aquel joven rico que le pregunta a Jesús qué era lo que tenía que hacer para alcanzar la vida eterna, pues desde muy chico aprendió a cumplir con cabalidad todos los mandamientos de la ley de Dios ¿Qué más podría faltarle? Lo tenía todo. Pero vemos que aquel joven se marchó triste y afligido, él tenía muchas riquezas y cumplía con sus responsabilidades, pero Cristo le pedía renunciar a todo y seguirlo. Se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión: Jesús o todas sus cosas. El Señor ya lo había elegido primero, sólo era necesario que él decidiera. Y ya sabemos lo que eligió.

Así, podemos ver que Dios siempre respetará nuestra libertad, todos los días nos invita a seguirlo, pero no nos obliga. Y es que caminar con Cristo implica imitarlo, ser como él, hacer la diferencia en el mundo, por tanto, hay un compromiso de por medio. Por eso, Él nunca nos forzará, siempre espera nuestra libre y sincera respuesta.

Es por eso que, a través de la Iglesia, Dios nos ofrece todos los medios suficientes para santificarnos y cada vez estar más cerca de compartir la gloria en el cielo, esto a través de nuestra participación de los Sacramentos. El Bautismo, la Eucaristía, la Confirmación, la Reconciliación, el Matrimonio, el Orden Sacerdotal y la Unción de los Enfermos. De tal manera que la ayuda siempre nos viene del Señor, depende de nosotros si decidimos aprovechar la gracia que se nos da en ellos o no.

Ya nos dice San Agustín en aquella frase muy conocida: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Dios nunca forzará a nadie a que se salve, Él ya nos salvó a todos, sólo espera que con nuestra libre respuesta aceptemos en nuestra vida esa salvación ya obrada por Él mismo, siempre respetará la libertad que le otorgó a cada hombre y a cada mujer. Pero nunca lo olvides, en definitiva, Él quiere que todos los hombres se salven.

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