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¿La Iglesia permite la donación de órganos?

Donar salva vidas

Nunca debemos de olvidar que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, somos obra de Dios y él habita en nosotros. Pero, ante la Iglesia ¿es válido donar partes de nuestro cuerpo a otra persona? El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice:

“La donación de órganos después de la muerte es un acto noble y meritorio, que debe ser alentado como manifestación de solidaridad generosa” […] (CEC 2296).

Por lo tanto, la Iglesia no está en contra de los trasplantes de órganos, al contrario, nos invita a participar de ella por ser considerarla un acto de caridad que da a otros la posibilidad de preservar su vida por más tiempo.

Es importante mencionar que la moralidad de una donación de órganos deberá estar sujeta a ciertas condiciones para que sea considerada como buena. Tal es el caso del consentimiento expreso del donante o si éste ya ha fallecido, la de sus legítimos representantes. Pero este acto debe ser hecho con total libertad, sin presiones ni condiciones de ningún tipo.

Cuando la donación sea entre vivos, el riesgo para el donante debe ser igual al bien que se busca obtener de la persona que recibirá el trasplante. Es decir, que en el donante las consecuencias de haber donado no sean perjudiciales en un futuro para su salud. Asimismo, al donador se le debe informar de todos los riesgos que conlleva aceptar hacer la donación.

En lo que respecta a la donación de órganos de un difunto a una persona viva, es muy importante que antes de extraer el órgano al donante, se asegure la muerte efectiva del mismo. Nunca se deberá de extirpar ningún miembro mientras exista la posibilidad de que el donante puede seguir con vida.

Pero entonces, ¿Cuándo una persona se ha de considerar muerta con plena certeza? El Papa San Juan Pablo II en un discurso pronunciado en el XVIII Congreso Internacional de la Sociedad de Trasplantes, celebrado en Agosto del 2000, aclara que para determinar con plena exactitud la muerte de alguien es cuando hay la  “cesación total e irreversible de toda actividad cerebral (en el cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico)”.  Por lo tanto, si existe la certeza moral del fallecimiento del donante, entonces los órganos pueden ser extraídos.

Debido a que en la actualidad existe una gran necesidad de donadores de órganos y estos son escasos, deben asignarse conforme a una lista de espera para no caer en actos discriminatorios e injustos. Asimismo, San Juan Pablo II, en el ya citado discurso, marca los criterios que se deben seguir para la asignación: “[…] de ninguna manera sean “discriminatorios” (es decir, basados en la edad, el sexo, la raza, la religión, la condición social, etc.) o “utilitaristas” (es decir, basados en la capacidad laboral, la utilidad social, etc.). Más bien, al establecer a quién se ha de dar precedencia para recibir un órgano, la decisión debe tomarse sobre la base de factores inmunológicos y clínicos. Cualquier otro criterio sería totalmente arbitrario y subjetivo, pues no reconoce el valor intrínseco que tiene toda persona humana como tal, y que es independiente de cualquier circunstancia externa.

Por otro lado, habrá que dejar claro que los órganos han de ser donados y recibidos siempre gratuitamente. Por lo tanto, su comercialización es inadmisible y se condena todo acto que busque su enriquecimiento. Sigue su Santidad en su alocución:

“En consecuencia, todo procedimiento encaminado a comercializar órganos humanos o a considerarlos como artículos de intercambio o de venta, resulta moralmente inaceptable, dado que usar el cuerpo “como un objeto” es violar la dignidad de la persona humana”.

Como sociedad y como Iglesia debemos impulsar más la práctica de una auténtica y nutrida cultura de la solidaridad y generosidad con aquellos que más lo necesitan. Y más aún si en nuestras manos está el poder hacer la diferencia.

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