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¿Por qué Jesús sufrió la agonía en el Huerto?

Estamos ya en la Semana Santa, tiempo en el que recordamos los sufrimientos que padeció Jesús por amor a cada uno de nosotros. Una de las cosas que siempre me ha impresionado mucho es saber que Jesús vivió una agonía extrema, a tal punto de sudar sangre, por lo que siempre me pregunté a qué se debería.

El sufrimiento que Jesús vivió por nuestros pecados, no sólo fue físico, sino que vivió un sufrimiento moral e interior en el Huerto de los Olivos, dice la Escritura que este sufrimiento fue de agonía, sabemos que el mismo Jesús dijo: “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38). Sabemos que Cristo murió clavado en la cruz, pero la noche anterior, sufrió tan intensamente en el Huerto, que su dolor era como si en verdad estuviera muriendo, trata de imaginarte su dolor.

Pudiéramos preguntarnos ¿cómo le fue posible soportar tal agonía? La respuesta la encontramos contemplándolo unido en oración a su Padre, porque la Escritura lo atestigua diciendo “Y entrando en agonía oraba con más intensidad; y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo” (Lc 22, 44). Su lucha interior, esa agonía hasta el punto de pensar que moría, pudo vencerla por la fuerza de la oración que lo unía a su Padre.

Esto me lleva a reflexionar en por qué nos cuesta tanto trabajo vencer nuestras luchas espirituales, porque en el momento de la tentación o de la debilidad, nos desesperamos, nos falta confianza en la presencia real de Dios en nuestra vida, recurrimos a salidas fáciles, en lugar de unirnos a Dios en la oración. ¡Cuánta confianza nos hace falta en Dios!

Pero ¿por qué sufre tanto Jesús? ¿cuál es la raíz de tanto sufrimiento? Algunos piensan que el sufrimiento que Jesús experimentaba en aquel momento era a causa de lo que vendría, de los tormentos cruentos que iba a padecer o la cruz insoportable que tenía que cargar… pero no es así. El sufrimiento de agonía que Jesús experimentaba en el Huerto de los Olivos fue a causa de los pecados de toda la humanidad, los pasados, presentes y futuros. Recordemos lo que nos dice San Pablo al respecto: “A él, que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en él justicia de Dios” (2Cor 5, 21).

Aunque Jesús estuvo librado del pecado y en sí mismo no cometió ningún tipo de pecado, tomó sobre sí los pecados de toda la humanidad. Tu pecado y el mío van incluidos y son parte de lo que le hizo sufrir la agonía en aquel momento. Nuestros pecados fueron los que lo hicieron sufrir y sudar gotas de sangre, lo hicieron pasar esa tremenda agonía. Todo esto sólo se entiende desde la lógica de Dios, lo hizo únicamente por amor a nosotros.

Además, hay algo muy importante que le debemos sumar a esta agonía, no sólo que la sufrió por nosotros, sino cómo la sufrió, y lo hizo en soledad, en una tremenda y despiadada soledad. ¿Por qué digo despiadada soledad? Bueno pues porque sabemos que los apóstoles que les pidió que lo acompañaran al Huerto y velaran en oración, se habían quedado dormidos, lo abandonaron en uno de los momentos más importantes y duros para su amigo Jesús.

Lo anterior refleja el peso de la humanidad, la cual la cargamos todos y debemos aprender a velar activamente con el Señor, con aquel que se entregó por amor a nosotros. Muchas veces también nosotros estamos dormidos, distraídos, cansados o agobiados por el mundo; y en lugar de acompañar y consolar a Jesús, le damos la espalda con nuestra indiferencia.

Si nos pusiéramos a juzgar este momento desde la óptica humana, o bien, desde la lógica de este mundo, Jesús, al verse abandonado por los que él amaba y había llamado, por aquellos en quienes confiaba, bien pudo haber abortado la misión. Pero no lo hizo y ni siquiera le pasó por la mente, porque su amor por nosotros no cambia y él quería que todos los hombres nos salváramos.

Si te pones a pensar en cuáles heridas y ofensas te duele más ¿cuáles serían? Yo creo que no serían las de los extraños, sino las de aquellas personas a las que amas, a las que tienes cercanas, en las que has confiado y te has entregado. Pues imagínate el dolor de Jesús, de ver cómo, aquellos a los que amaba y había llamado, lo habían prácticamente abandonado. Las ofensas de las personas a las que más amamos, siempre son causa de un sufrimiento mayor.

Por eso te quiero invitar a que juntos acompañemos a Jesús esta Semana Santa, que pueda experimentar en nosotros, el consuelo, la cercanía y el amor.

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