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¿Enojarse es pecado?

Hace unos días tuve una fuerte discusión con otra persona. Todo debido a los malos entendidos y a la poca voluntad de llegar a un acuerdo. Recuerdo que comencé a sentir mucha ira en mi corazón y el coraje me consumía, ya que me encontraba desesperado por no obtener la respuesta que esperaba en el otro.

Debo confesar que me enojé mucho, creo que como pocas veces. Pasado el momento, me sentí mal, me pesó mucho haber reaccionado así, ya en la noche me preguntaba a mí mismo: ¿Hice mal? ¿Cometí pecado por reaccionar de esa manera? Vamos a ver.

Cuando te enojas, pierdes el control de tu persona, de estar habitualmente tranquilo basta una palabra o acción para cambiar todo tu carácter. La mayoría de las veces no elegimos perder el control y enojarnos, simplemente sucede, nos toma por sorpresa. Todo es en respuesta a provocaciones negativas que muchas veces nos hacen perder la razón.

Por lo tanto, el sentimiento del enojo no es pecado sino un estado emocional normal. Lo que sí lo es, es la conducta agresiva que puede surgir de él, es decir, lo que el enojo me lleve a cometer, por ejemplo, deseos de venganza o guardar rencor y no querer perdonar.

De modo que podemos enojarnos más de alguna vez, pero debemos dominarlo y no permitir que éste tenga el control de nuestras vidas. Si bien, no podemos controlar cada sentimiento que tenemos, pero lo que sí podemos controlar es su reacción. Una cosa es sentir ira y otra muy diferente es ponerla en acción. Sentir no es consentir, lo que nos lleva a afirmar que los sentimientos no tienen valoración moral, es decir, no son buenos ni malos, en sí mismos tampoco son pecados.

Cuando la ira no se controla, ésta puede llevar a la violencia, a la agresión de palabra o de obras que puede destruir relaciones y familias y eso, sí es pecado. Debemos tener en cuenta de que no siempre podemos dominar cómo vamos a reacciones antes ciertas situaciones, pero siempre habrá algo que podemos hacer para evitar llegar a perder los estribos.

Al llegar a ese momento en el que sabemos que en cualquier rato podemos explotar, hay que dejar de lado nuestro coraje y pidamos al Señor, la templanza, fruto del Espíritu Santo, que es la capacidad de tener dominio propio. No te dejes dominar por tu enojo, dominalo tú a él.  

El mismo San Pablo nos exhorta: “Enojense, pero sin pecar; que el enojo no les dure hasta la puesta del sol, pues de otra manera se daría lugar al demonio” (Ef 4, 26-27). Por lo tanto, queda claro que no tendremos una vida sin conflictos ni enojos, serán el pan de cada día. Pero está en nosotros curar y sanar esas heridas que se albergan en el corazón, que si no se dominan puede causar mucho daño.

Si tú reconoces que tienes un problema con el enojo y deseas controlarlo, te invito a trabajarlo con mucho esmero.  No basta con solo decir: “así soy yo y no importa”, siempre se puede cambiar, sólo es cuestión de poner la voluntad. Seamos claros y aprendamos a identificar nuestros sentimientos, tomemos las riendas de nuestra ira y démosle una buena dirección.

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