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¡Empuja, empuja tu piedra!

Para reflexionar

Un hombre que fue diagnosticado con problemas en sus huesos, tras haberse dedicado toda su vida a trabajar en el campo, se veía impedido para continuar con su labor. Sumergido en la tristeza, pasaba horas y horas sentado en el sofá de su casa, reprochando a Dios vivir así, deseando sólo su muerte. Un día, Jesús decidió manifestarse en su presencia. Este hombre estaba confundido y asustado, no sabía si aquello era la señal de que había llegado su hora.

El Señor apaciguó su corazón y le dijo: “Aún no ha llegado tu hora, pues mucho deseo que hagas algo por mí, ve hacia la gran roca que está al pie de la montaña, y te pido que la empujes día y noche durante un año”. Aquel hombre no entendía lo que estaba pasando, su corazón estaba perturbado por aquella petición. Se levantó de aquel sillón, se preparó y se dirigió hacia la enorme roca de varias toneladas, misma que podía verse desde la ventana de su casa.

Cuando llegó a aquel lugar, ya cansado por su enfermedad, comenzó a empujar aquel enorme pedazo de roca con todas sus fuerzas, pero no conseguía moverla ni un milímetro. Así lo hizo durante varios meses, día y noche tal como le había pedido el Señor. Al tiempo experimentó el fastidio y la decepción, pues aquella roca jamás se movió ni un poquito. De repente llegó el diablo y lo tentó diciéndole: “¿Por qué sigues empujando la roca? ¿Qué sentido tiene? Mira, no las has movido ni un poquito, regresa mejor a tu casa porque esto te va a matar. Mira que estúpido te ves obedeciendo a tu Señor.

Pero aquel hombre respondió: “Si el Señor me lo pidió, lo voy a lograr”. Y elevando los ojos al cielo, pedía a Jesús que le ayudará a mantenerse firme, a no dudar de su voluntad. Así, continuó con su decisión de seguir empujando aquella gran roca. Pasaron los meses y la enorme roca seguía sin desplazarse; mientras tanto, su cuerpo comenzaba a fortalecerse, el dolor de sus articulaciones ya había desaparecido. Cuando cumplió el año, el hombre ahogado en llanto, oró a Jesús diciéndole: “Señor, ya he hecho todo lo que me pediste durante un año, pero he fracasado, no pude mover la piedra ni un centímetro, perdóname”.

En ese momento, Jesús apareció y le dijo: “¿Por qué lloras? ¿Acaso no te pedí que empujaras la roca?”, él contestó: “Sí, señor y eso fue lo que hice, pero mira la roca sigue igual”, sollozaba el hombre mientras que el Señor le decía: “Hijo mío, yo nunca te pedí que la movieras, en cambio, mírate, date cuenta que tu problema físico ha desaparecido. Tú no has fracasado, yo he conseguido mi meta, y tú fuiste parte de mi plan”.

En nuestra vida hay tantas situaciones que son ilógicas e incomprensibles, tantos problemas y tristezas en la vida que llegan sin avisar. Lo malo es que nos empeñamos en querer encontrar el sentido y la respuesta a la voluntad de Dios. Buscamos la lógica, pero nuestra lógica humana y no hacemos más que desgastarnos física y espiritualmente. Es allí cuando el enemigo nos quiere hacer caer, nos invita a tirar todo por la borda, haciéndonos sentir lo inútiles que son nuestras propias fuerzas.

Hoy te quiero invitar a “empujar”, a seguir empujando con tu fe y tu confianza en Dios, sin importar lo que estés viviendo, ya que el Señor siempre sacará un bien mayor a cada situación. No quiere más que nuestro bien, que estemos con Él. Pon todo en sus manos y verás que todo se resolverá, sé más fuerte.

Todo tiene un porqué a los ojos de Dios, siempre trae una bendición para aquellos que confían en Él. Recuerda las palabras de San Pablo: “También sabemos que Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, a quienes él ha escogido y llamado” (Rm 8, 28).

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