¿Por qué debo confesarme con alguien que es también pecador?

Conozco muchas personas que se han formulado esta pregunta más de alguna vez, pero que no se han preocupado por encontrar la respuesta. Es bueno cuestionar nuestra fe, pero es obligación también conocerla. ¡Cuánto daño y confusión causan estas preguntas cuando son hechas con el deseo de lastimar y dividir a nuestra Iglesia, o bien, de no comprometernos con nuestra fe!

Jesús resucitado es quien instituyó este Sacramento al decirle a sus discípulos: Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 22-23). Al soplar sobre ellos les otorgó la llave para la vida eterna. Si Cristo tiene poder en los cielos y en la tierra  ¿no tendrá poder para confiar ese sacramento de salvación para los hombres? ¡Claro que sí! Cristo es quien perdona los pecados, pues cuando el Sacerdote celebra los sacramentos actúa en la Persona de Cristo.

Quizás ahora te preguntas ¿Por qué Dios se vale de los hombres? Bien, el Señor conoce muy bien la condición del ser humano pues es creación suya. Sabe que es frágil, débil y que comete pecado, pero al revisar toda la historia de salvación vemos que Dios siempre se ha valido del hombre para manifestarse a los demás y para cumplir sus planes. El hombre es un instrumento de Dios.

Ahora bien, Jesús le confió la tarea de perdonar en su nombre a los Apóstoles y está facultad pasó a sus sucesores. Comprendamos bien que el Sacerdote por sí mismo no perdona los pecados, es sólo Dios quien puede hacerlo. Como ya dijimos es un instrumento de Dios, un mediador entre él y los hombres.  El confesor no es dueño, sino administrador del perdón, es el servidor de Dios para los hombres.

Dios permitió que el perdón fuese otorgado en su nombre por los mismos hombres, para que todos tengan acceso a su perdón divino y así reconciliarnos con Él y con los hermanos. El perdón de los pecados no es fruto de las manos del hombre, es un regalo de Dios.

El Papa Francisco nos dice:

“La Confesión, que se realiza de forma personal y privada, no debe hacernos olvidar su carácter eclesial. En la comunidad cristiana es donde se hace presente el Espíritu Santo, que renueva los corazones en el amor de Dios y une a todos los hermanos en un solo corazón, en Jesucristo. Por eso, no basta pedir perdón al Señor interiormente; es necesario confesar con humildad los propios pecados ante el sacerdote, que es nuestro hermano, representa a Dios y a la Iglesia”. (Audiencia General 19 de Febrero 2014)

Pensemos en un ejemplo: cuando has pedido perdón a alguien a quien has ofendido ¿te sentirás igual si le pides perdón en tu interior a que se lo digas personalmente?  Confesar los pecados visto desde la condición humana, nos libera espiritual y mentalmente. Facilita la reconciliación con aquellos a quienes hemos ofendido, haciéndonos responsables de resarcir el daño provocado.

¡Aprende a ver a Cristo en el Sacerdote, que siempre está dispuesto a perdonarte todo! ¡Aprovecha este regalo divino! No esperes a encontrarte en una situación de extrema necesidad para hacerlo, cuida tu gracia. Cuida tu relación con Dios.

“Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios reprueba tus pecados. Si tú haces lo mismo, te unes a Dios. Hombre y pecador son dos cosas distintas; cuando oyes, hombre, oyes lo que hizo Dios; cuando oyes, pecador, oyes lo que el mismo hombre hizo. Deshaz lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas tu obra y que ames en ti la obra de Dios Cuando empiezas a detestar lo que hiciste, entonces empiezan tus buenas obras buenas, porque repruebas las tuyas malas. […] Practicas la verdad y vienes a la luz”. (San Agustín, In Iohannis Evangelium tractatus 12, 13).

About Daniel Alberto Robles Macías

Daniel, Abogado de profesión y católico por convicción; entregado de tiempo completo a la evangelización. "No tengan miedo de mirarlo a Él" San Juan Pablo II

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