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¿Creo en la resurrección de la carne?

Cuando profesamos nuestra fe en la Misa, al recitar el credo afirmamos “creo en la resurrección de la carne” pero ¿A qué nos referimos cuando decimos esto? ¿Nuestro cuerpo será resucitado en carne y hueso? ¿Cómo sería esto posible?
Sabemos que cuando llegue el final del mundo, Cristo vendrá y los cuerpos de todos los que ya han muerto se unirán con su alma para toda la eternidad. El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica:

“¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús” (CEC 997).

Por lo tanto, por nuestra fe, creemos en la inmortalidad del alma, ésta se separará del cuerpo al momento de morir, para presentarse ante Dios. A esto le llamamos el “juicio particular” para entrar al cielo, al purgatorio o al infierno.

Dios quiere salvar al hombre entero en cuerpo y alma, creación de sus manos, pues todo lo que Él ha creado es bueno. El Obispo José Ignacio Munilla dice: “Si la salvación fuese únicamente a nuestra alma, no hubiese sido necesario que Cristo hubiese crucificado su cuerpo, su carne. Si Cristo crucificó su carne es para clavar nuestra carne”.

Se entiende entonces que todos los cuerpos resucitarán, de los que su alma ya está o estará en el cielo tanto como los que ya están o estarán en el infierno. “¿Quién resucitará? Todos los hombres que han muerto: “los que hayan hecho el bien resucitarán para la vida, y los que hayan hecho el mal, para la condenación” (Jn 5, 29; cf. Dn 12, 2) (CEC 998).

Entonces, ante esta esperanza debemos cuidar y respetar nuestro cuerpo y el de los demás. Ya que aquel cuerpo que con nosotros compartió toda nuestra vida terrenal también lo hará en la vida eterna.

Pero ¿cómo será esto? No lo sabemos ni lo podemos imaginar. Pero es en nuestra participación en la Eucaristía que se nos da un adelanto de este momento: “Así como el pan que viene de la tierra, después de haber recibido la invocación de Dios, ya no es pan ordinario, sino Eucaristía, constituida por dos cosas, una terrena y otra celestial, así nuestros cuerpos que participan en la eucaristía ya no son corruptibles, ya que tienen la esperanza de la resurrección” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 18, 4-5).

¿Cuándo sucederá esto? sólo sabemos que será en el último día, es decir, cuando llegue la Parusía de Cristo, cuando él bajará del cielo. Este es el fundamento de nuestra fe, que Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con Él para gozar de la gloria eterna.

San Pablo nos exhorta a nunca perder la esperanza:

“¿Cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe […] ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” (1Co 15, 12-14. 20).

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