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¿Por qué confesarme si vuelvo a cometer los mismos pecados?

Desde hace algún tiempo he procurado confesarme de manera frecuente, por lo menos una vez al mes. Pero ¿qué tan necesario es seguir haciéndolo? ¿Estoy perdiendo mi tiempo? ¿Es importante la confesión frecuente?

He escuchado a muchos decir que en realidad no tiene sentido confesarse de manera frecuente si al poco tiempo se volverán a cometer los mismos o más pecados. Pero creo que tiene mucho sentido para quien se sabe amado por Dios.

De la misma forma en que con frecuencia nos lavamos las manos aún a sabiendas que pueden volverse a ensuciar en el transcurso del día, eso no nos impide hacerlo las veces que sean necesarias con tal de permanecer limpios el mayor tiempo que sea posible. De la misma manera debemos tener el mismo cuidado por preservar nuestra alma purificada y limpia de los pecados.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica los beneficios de confesar con frecuencia los pecados veniales:

En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu. Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso” (CEC  1458).

Quien acude ordinariamente al sacramento de la confesión, alimenta y fortalece su espíritu y, por tanto, madurará en su fe. Con esto, podrá hacer frente a las tentaciones que hacen caer a tantos que no cimientan su voluntad en Cristo Jesús. La confesión es el camino para crecer en la santidad, que es la vocación universal a lo que todos estamos llamados.

Por supuesto que, para cuidar nuestra gracia, debemos ser conscientes y cuidarnos de no caer en los mismos pecados, lo que no es tarea fácil. Hay que luchar por permanecer unidos a Dios, invoquemos al Espíritu Santo para que sea él quien nos ayude a formar y reforzar nuestra propia consciencia.

¿Cada cuánto hay que confesarse? La Iglesia nos pide que al menos una vez al año (CEC 1457). Pero, ¿Por qué esperar tanto si podemos hacerlo más seguido? El Santo Cura de Ars decía: “Piensan que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometerán nuevamente los mismos pecados. Pero Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para darles su gracia hoy”. Dios no se preocupa por los pecados o faltas que cometeremos el día de mañana o pasado, Él ama un corazón sincero y arrepentido que se acerca a encontrarse con su gracia hoy.

En la confesión  se nos otorga la fuerza para luchar en las cosas por las que nos hemos confesado. Dios no solamente se limita a darnos su perdón, sino que se compromete en ayudarnos a superar todas las tentaciones y dificultades que puedan llegar. Así por medio de la confesión frecuente vamos abriéndonos paso en el camino de la santidad.

En nosotros como cristianos debe existir el firme rechazo al pecado y, por tanto, el deseo de alimentarnos para permanecer siempre cerca de Dios. La confesión no es un lavadero para ir a tirar sólo los pecados mortales, sino que es ir a tener una experiencia con la Misericordia y el Amor de Dios. Es por eso que también la confesión de los pecados veniales es importante.

Termino compartiendo unas palabras de San Agustín:

“Quien confiesa y se acusa de sus pecados hace las paces con Dios. Dios reprueba tus pecados. Si tú haces lo mismo, te unes a Dios. Hombre y pecador son dos cosas distintas; cuando oyes, hombre, oyes lo que hizo Dios; cuando oyes, pecador, oyes lo que el mismo hombre hizo. Deshaz lo que hiciste para que Dios salve lo que hizo. Es preciso que aborrezcas tu obra y que ames en ti la obra de Dios Cuando empiezas a detestar lo que hiciste, entonces empiezan tus buenas obras buenas, porque repruebas las tuyas malas. […] Practicas la verdad y vienes a la luz” (San Agustín, In Iohannis Evangelium tractatus 12, 13) (CEC 1458).

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