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¿Cómo saber si eres un católico enfermo?

Parte I

¿Sabías que en el mundo somos más 1.284.810.000 católicos? De hecho, México se encuentra en segundo lugar entre los países con más católicos en el mundo por debajo de Brasil que ocupa el primer lugar.  

La población de católicos en el mundo ha aumentado en los últimos años, pero… ¿Cuántos de ellos verdaderamente profesan y viven su fe? Hay muchos católicos light, de esos que limitan la práctica de su fe a una misa de domingo y muchos otros ni eso. Esto nos deja ver que hay muchos católicos que están enfermos en su fe y ni siquiera lo saben.

¿Cómo reconocer si somos católicos enfermos? Hoy te compartimos 4 síntomas de esta enfermedad silenciosa:

1.-No haces oración: No hay un momento en todo tu día que lo dedicas a Dios. El Papa Emérito Benedicto XVI dice que “la oración es el pulmón de nuestra alma”. Por lo tanto, el católico que no hace oración se ahoga en sus problemas, en sus frustraciones y en sus situaciones problemáticas, y se termina por perder la esperanza. Sin oración, uno se vuelve soberbio y orgulloso, pues Dios ya no tiene espacio en nuestra vida. Aquel que no ora cierra la puerta a la fe y a las tantas gracias que Dios quiere darle. ¿Cuál es el remedio? La humildad, ya que ésta es el inicio de la oración. Sólo desde el corazón, desde lo más profundo de nuestro ser es que podemos comunicarnos con Dios. Vence el orgullo, la flojera, la soberbia y vuelve a ese encuentro con el Señor, deléitate con su presencia y llénate de Él. Dios nos hace una promesa en el libro de Jeremías: “Llámame y te responderé y mostraré cosas grandes, inaccesibles que desconocías” (Jer 33, 3).

2.-Ya no vas a Misa: Los pretextos para no acudir son muchos: “La misa es aburrida”, “Dios está en todas partes”, “Sólo voy cuando me nace y lo necesito”, “No tengo tiempo”, “No le entiendo a la misa”, etc. Bien dicen que sólo se ama lo que se conoce. Cada domingo, Cristo nos invita a su mesa, para celebrar y ser testigos de un gran acontecimiento que es su presencia real en la Eucaristía que se ofrece por cada uno de nosotros. Cierto es que Cristo está siempre presente entre nosotros, incluso, antes de participar de la celebración eucarística, pero en el altar es el mismo Dios que se hace presente en Cuerpo y Alma. No se puede ser buen católico sin celebrar la Eucaristía. La necesitamos porque es el alimento del alma que nos da las fuerzas necesarias para caminar en este mundo. Quien no celebra la Eucaristía se priva del alimento espiritual más importante, ya que es el mismo Cristo que se nos da. Recuerda estas palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54).

3.-No te confiesas: Debo reconocer que me da muchísimo gusto recibir en la Confesión a personas que llevaban años sin confesarse, y que con piedad y arrepentimiento quieren recibir el perdón de Dios. Aunque también debo decir que hay muchos que, por miedo a ser juzgados, por vergüenza o por malas experiencias Dios, se alejan de este importante sacramento. Hay algunos que dicen: “Yo solo me confieso con Dios y Él me perdona”. La confesión no funciona así. No es solamente orar y creer que ya recibimos el perdón. No es un acto humano: es un misterio sobrenatural y divino. Es el encuentro personal y directo con la misericordia de Dios en la persona del sacerdote. No es un invento del hombre, sino que es un sacramento instituido por el mismo Cristo. Deja a un lado tus perjuicios y acércate a recibir de nuevo la gracia de Dios, donde podrás experimentar su amor. Bien dice la Escritura: “Si decimos que no pecamos, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, Dios nos perdonará. Él es fiel y justo para limpiarnos de toda maldad” (1Jn 1, 8-10).

4.-Has perdido la esperanza: Vives tantas situaciones negativas en tu día a día que ya te has acostumbrado a ellas. La situación actual del mundo tan llena de violencia, muertes, dolor e injusticias es tan cotidiana que ya hasta parece algo “normal”. Todavía peor, hay algunas personas que viven sin un propósito concreto, donde sólo se dejan llevar por las exigencias de la sociedad, reducen su vida a puro trabajar y trabajar durante la semana, y a divertirse por las noches y los fines de semana, sin ningún sentido que los lleve a trascender. La sociedad necesita recuperar la esperanza en Dios y alimentarla todos los días, tratando de vivir lo que Dios quiere de nosotros. No olvidemos que todos formamos parte de un cuerpo, donde la cabeza es Cristo y tenemos responsabilidad por cada uno de sus integrantes, no podemos seguir ajenos a lo que pasa, tomemos nuestro papel y sembremos la esperanza que es la luz en la oscuridad del mundo. Ya nos dice San Pablo: “Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza” (Ef 4, 4).

Si padeces alguno de estos síntomas, no te desanimes, cada día es una nueva oportunidad para cambiar.

 

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