La Charla DominicalReflexiones

¿Cómo está tu fe en Jesús?

En algunas ocasiones vamos caminando por la vida con muchas preocupaciones, cansados y desesperados. En los desiertos de la vida espiritual nos sentimos desalentados, pero hoy vemos cómo Dios nunca nos abandona e, incluso, nos da el alimento necesario para el camino.

Las dificultades en la vida nos hacen crecer y madurar, pero para poder superarlas, necesitamos abrirle el corazón a Dios y dejarlo actuar en nuestras vidas. Hoy escuchamos en el evangelio que los judíos murmuraban el que Jesús había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”, y además vemos que sí lo reconocen, pero de una manera humana, ya que decían: “¿No es éste, Jesús, el hijo de José? ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre?”.

Sí lo reconocían humanamente, pero para poder reconocer el misterio de su persona divina, se necesita el don de la fe y, muchas veces, nos falta abrirnos a este don de la fe.

A veces, en medio de esas crisis, de esos desiertos o de los problemas cotidianos puede ser que sí nos acerquemos a Jesús, pero que, como no lo hacemos con fe, no podemos reconocer su actuación, su compañía y sus planes para nosotros. Por eso siempre hay que preguntarnos: ¿Cómo está hoy nuestra fe en Él?

Él mismo nos dice que debemos recibirlo, que debemos alimentarnos de Él, para que podamos llegar a la meta, que es la santidad. Jesús mismo nos dice: “Yo soy el pan de la vida. El pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.

Y, precisamente al recibirlo y alimentarnos de Él, tenemos vida y estamos llamados a compartir esta vida con todos los demás, somos llamados a ser testimonio vivo del amor que recibimos. Al recibirlo en la Eucaristía se debe notar en nuestra vida.

En la Carta a los Efesios se nos habla de lo que sucede cuando no nos alimentamos de este pan que nos da la vida. Dirá San Pablo que le causamos tristeza al Espíritu Santo, con el que fuimos marcados para el día de la liberación final. Esto de ser marcados, nos habla de que somos propiedad de Dios, por lo tanto, nuestra vida, alimentada de Cristo, está llamada a deleitar a Dios, debemos complacer a Dios con nuestros actos, palabras y obras.

Hoy, San Pablo, nos dice algunas formas en las que no deleitamos a Dios y, por lo tanto, entristecemos al Espíritu Santo: “Destierren de ustedes la aspereza, la ira, la indignación, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad. Sean buenos y comprensivos, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó. Vivan amando como Cristo”.

Yo sólo termino recalcando tres de estas formas:

  1. NO INSULTOS: Esto nos debe cuestionar acerca de ¿cómo utilizamos nuestras palabras? ¿Acaso nuestras conversaciones edifican? ¿Nuestras palabras son de elogios, para expresar cariño o admiración? ¿Las utilizamos para la alabanza? ¿Nuestras palabras construyen o destruyen?
  2. NO MALDAD: ¿Qué tanto me enojo? ¿Qué tanto busco mi propio bien y el de los demás? ¿Hago fraudes, infidelidades, etc?
  3. NO GUARDAR RENCOR: ¿Qué tanto queremos perdonar de corazón al que me ha ofendido?
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