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¿Cómo defender la fe?

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De entre los mensajes que recibimos en redes sociales, hemos leído casos de muchos católicos que se han visto envueltos en debates y discusiones para defender su fe con aquellos que no la comparten. Lo que más preocupa es que muchos se llegan a frustrar o a desesperar porque no saben cómo defenderla. Actualmente se vive una cultura de la indiferencia religiosa, donde no nos preocupamos por conocer nuestra fe. Además, hay mucho escepticismo, lo que nos lleva a ponernos de frente a la verdad, pero con mucha desconfianza y nos cuesta creer.

Por eso, si tú quieres aprender a defender tu fe, te compartimos 4 consejos para que lo logres:

1.-Fórmate en tu fe: Nadie puede defender lo que no conoce. Por eso, yo te invito a que, como católico, te propongas formarte y crecer en tu fe. No te quedes solamente con la formación que recibiste en el catecismo, que si bien, es necesaria, pero no es suficiente. El cristiano necesita conocer y tener las bases doctrinales de la fe para poder vivir plenamente lo que cree. No necesitas ser un gran teólogo o un reconocido filósofo, para explicar el sentido de la vida y la moral cristiana, pero sí necesitas interesarte para entender de manera correcta, las razones de tu fe y puedas defenderla. Nuestra Iglesia es rica en formación para los laicos, actualmente hay muchos talleres, cursos o diplomados que pueden ayudarte, búscalos y prepárate. San Pablo nos recomienda: “Que esté adherido a la palabra fiel, conforme a la enseñanza, para que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y refutar a los que contradicen” (Tito 1, 9).

2.-Ilumina a los demás: Al estudiar nuestra fe, nuestro principal propósito no debe ser el de ganar debates y discusiones, ni mucho menos el de convencer y convertir a la fuerza a alguien con nuestros argumentos, sino la de ayudar a entender a otros la fe. Con los conocimientos que adquirimos, podemos ayudar a abrir pensamientos y a crear inquietudes en los demás, siempre desde el buen ejemplo y la humildad. Estamos llamados a ser luz para los demás, explicando de manera sencilla qué es lo que creemos y por qué lo creemos. La verdad es la que convence y conquista corazones, por eso habrá que preguntarnos ¿hemos sido una luz que contribuya a que los demás comprendan la fe? ¿Con mis palabras y mi testimonio, cómo los he hecho sentir, inspirados o atacados? ¿Soy signo de contradicción con mis palabras y mi testimonio de vida? Cristo nos exhorta: “Hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los Cielos” (Mt 5, 16).

3.-No juzgues, mejor comprende: Muchas de las personas que llegan a atacar nuestra fe, tienen una historia que no conocemos. Posiblemente, más de alguno ha pasado por una experiencia difícil que los hizo alejarse y dejó en ellos una mala impresión. Otros, quizá, nunca se han dado la oportunidad de profundizar y conocer la fe católica, y son conducidos por pensamientos y corrientes ideológicas y sociales hacia la indiferencia o el ataque. Cuando esto sucede, Dios y la Iglesia son su tablero donde avientan sus dardos de enojos, frustraciones y dudas. No nos adelantemos a juzgar, sino que hay que abrazar y escuchar, para poder comprender. La Iglesia no es insensible al sufrimiento de los demás ni es tampoco policía moral, como algunos dicen. No reaccionemos violentamente, debemos ayudar a transformar esa imagen deformada y demostrar nuestra empatía, escuchando todo lo que tengan que decir, para así, crear un ambiente de confianza y de respeto. Este es el testimonio más valioso que podemos ofrecer, ese que sí puede alcanzar grandes conversiones. Ya nos dice San Pablo: “Tú mismo serás un ejemplo para ellos cuando vean tu conducta, tu enseñanza desinteresada, tu honradez, tu predicación sana e intachable. Con esto los de fuera no encontrarán cosa alguna que criticar, y más bien se sentirán avergonzados” (Tito 2, 7-8).

4.-No tengas miedo: Siempre debemos recordar para qué y para quién hablamos a la hora de defender nuestra fe. No defendemos a una empresa o a una institución cualquiera, sino que, al defender la fe, hablamos en nombre Cristo y defendemos la Iglesia de Cristo. Cada que tengas que alzar la voz, pídele al Espíritu Santo que te ilumine y te acompañe para que sea él quien hable a través de ti. Si las cosas no salen como tu esperabas, no te desesperes, estás haciendo la obra de Dios, no depende de ti, sino de Él. Nosotros debemos ser la puerta para que los demás puedan llegar a Cristo. No tengas miedo y prepárate, que Dios está contigo. Toma estas palabras: “No compartan sus temores ni se asusten, sino bendigan en sus corazones al Señor, a Cristo; estén siempre dispuestos para dar una respuesta a quien les pida cuenta de su esperanza” (1Pedro 3, 15).

Seamos comunicadores del Evangelio, abramos espacios y alcemos la voz en nuestros ambientes diarios. Comprometámonos con esta tarea que es de todos, defender y promover nuestra fe en todos los cofines de la tierra.

 

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